Maja y el Autocine, por Esperanza Villegas Poljak

Foto referencial

Mi mamá siempre le tuvo animadversión a los autocines, no le gustaba que los amigos o novios nos llevasen, por aquello de que muchos utilizaban el carro como motel. Todo el conocimiento que ella tenía de los famosos autocines era producto de los rumores y chismes que escuchaba pues jamás había ido a un autocine. De todas formas, todos esos cuentos tenían mucho de verdad, pues en los autocines -especialmente en la última fila- uno veía los Volkswagen escarabajos brincando, otros carros forrados desde adentro con papel periódico, o carros en los que uno suponía había una sola persona y resulta que la otra estaba agachada ocupada en otros menesteres.

En fin, nada que fuese ajeno a la naturaleza humana, además, de que había la posibilidad de dos actividades por el precio de una. ¡Cuántos muchachitos y muchachitas se habrán engendrado en un autocine!

Siempre dije que cuando tuviera carro llevaría a mi mamá a un autocine para que viera que no todo lo que decían era cierto, ¡también se veían películas!

Cuando tuve mi primer carro –un Malibú usado– y creía que ya estaba en condiciones de manejar de noche, invité a mi mamá a ir al autocine de Los Chaguaramos. Era espacioso, el más cercano de nuestra casa, buena pantalla además de que adicionalmente tenía unas cuantas butacas para quienes preferían ver las películas a la manera tradicional y una fuente de soda. Por cierto, fue el primer autocine del país. Ya yo había ido anteriormente a otro cine al aire libre en San Mateo en una plaza donde colocaban una sábana para proyectar la película y cada quien debía llevar su silla, lo cual también hacía la Juventud Comunista en los sectores populares para llevar cine a las comunidades. Generalmente películas soviéticas o de corte político.

La noche que llevé a mi mamá al dichoso autocine y dado que era una conductora principiante, desconocía el sentido de las vías y la mayoría de las señales de tránsito. Lo cierto es que subo por una de las calles que conducía al autocine y paso por el famoso y terrorífico edificio Las Brisas, sede de la antigua DIGEPOL y para entonces la DISIP, cuyos sótanos eran salas de tortura y a donde muchas veces fuimos a visitar a nuestro padre por la manía de los gobiernos de la cuarta república de meterlo preso cada vez que se le antojaba.

Resulta que esa calle no se debía subir, “por ser flecha” como se dice acá y por lo cual debía retroceder o dar la vuelta y bajar. Opté por lo segundo con tan mala suerte que, en esa maniobra, me llevé por delante el aviso metálico de NO PARE, produciéndose un gran estruendo y de repente nos vemos rodeadas por cuatro tipos apuntándonos con un fusil cada uno. Nos pidieron la cédula y explicación de por medio sobre mi novatada como conductora, y al ver que éramos dos mujeres, una de ellas ya entrada en años, nos dejaron ir.

Y mi mamá me decía, ¡habiendo tantas vainas contra las cuales chocar tenías que hacerlo con esa vaina de la Policía!

Regañada y asustada, tomamos el rumbo correcto al autocine. Entramos, nos instalamos, le mostré a mi mamá el área de las butacas, pedimos las chucherías correspondientes y nos instalamos en el carro a ver la película. Y mi mamá no se cansaba de repetir: «¡Esto es una maravilla! ¡Hasta se puede uno quitar los zapatos! Cuando tengas tiempo volvemos», me dijo.

Así fue la primera visita de Maja a un autocine.

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