Cuando Simón Bolívar conoció a Manuelita

16 junio, 2015

manuelitaEl 16 de junio de 1822, Simón Bolívar entró triunfante a Quito tras la victoria obtenida por el general Antonio José de Sucre, quien comandó al ejército independentista en la Batalla de Pichincha el 24 de mayo. Ese día, en medio de la algarabía del pueblo, el Libertador conoció a Manuelita, su amiga, defensora y su libertadora.

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Texto: CiudadCCS (Lorena Almarza)

En su Diario de Quito, Manuelita Sáenz describe ese glorioso día de la victoria en la Batalla de Pichincha: “Hoy ha amanecido con una gran agitación que ha despertado a todos en general (…) Los godos corren a las faldas del Pichincha para detener el avance del general Sucre con su tropa, quien ya se encuentra arriba y les ha madrugado en posiciones… (me detengo aquí para observar y no perderme detalle). (…) Llegamos de auxiliar a los heridos y ayudar a calmar sus dolencias con bálsamo del Perú e infusiones de amapola. (…) Disparaban a todo lado, sin cuartel, hasta que los godos tocaron a retirada (…) El general Sucre le propuso a Aymerich (comandante de los españoles) una rendición honrosa, muy digna de su gallardía, y que el realista aceptó. Ocasión que dio lugar a la capitulación y libertad de Quito del poder español”.

Manuelita, quien ya había recibido el 23 de enero de ese año de manos de José de San Martín el título de Caballeresa del Sol de la “Orden El Sol del Perú” por sus servicios a la causa patriota, describe el ambiente que se vivió luego del triunfo: “La ciudad se encuentra muy bonita y adornada con arcos triunfales de flores, por donde entraron los libertadores. Pero todo también ha tenido su mesura, pues las fiestas ya tienen la invitación al Libertador Simón Bolívar (…) Su excelencia, general A. de Sucre me ha hablado mucho de S.E. El Libertador Bolívar, y me tiene encantada con sus pláticas sobre el arrojo de nuestro Libertador.

Todos esperan que S.E. llegue a Quito, a fin de completar los festejos. Hay gran ansiedad por verlo y conocerlo (…)”.

El Ejército Libertador instaló allí el cuartel general para esperar a Bolívar. Se conformó un comité de recepción, del cual Manuela formaba parte, y entre otras tareas le correspondió para el baile, la decoración del lugar, razón por la cual ordenó traer “flores y jazmines de Catahuango”, y a su vez el préstamo de una vajilla, dos manteles y cubiertos de plata.

En medio de los arreglos llegó la noticia de la llegada anticipada de Bolívar. El 15 de junio escribiría en su diario: “Todo es una locura, pues se ha anunciado que S.E. Simón Bolívar llega mañana, ¡y los preparativos eran para fines de mes! Pero hay gran contento y todo el mundo colabora en rehacer los arcos triunfales, adornándolos con flores de las más lindas y limpiando la ciudad y pintando las fachadas de sus casas, decorando los balcones por donde pasará el cortejo militar con S.E. a la cabeza”.

Y LLEGÓ EL 16 JUNIO

Ese glorioso día amaneció más temprano, la ciudad estaba hermosamente decorada y repleta de gente de todos lados “desde la más alta alcurnia, pasando por todas las clases ‘de colores, gustos y sabores’ y condiciones sociales (ahora sí en serio), y autoridades y clérigos (que me enseñaron a redactar así); hasta el más humilde de los indios (… )”. Manuela no ocultaba su entusiasmo y continuó escribiendo: “…Qué emocionante conocer a este señor, a quien llaman el ‘Mesías Americano’, y del que tanto he oído hablar”.

La caravana entró cerca de las ocho y treinta de la mañana por la calle principal, Bolívar, Libertador y presidente de Colombia estaba acompañado por el general Sucre. Las campanas reventaban y junto a la pólvora hacían coro a los redobles de los tambores de la banda de guerra. La excitación desbordaba y una hilera de vivas a la República y al Libertador se colgaron de las nubes. Manuela escribió sobre el momento: “El corazón me palpitaba hasta el delirio, creo que esto de ser patriota me viene más por dentro de mí misma que por simpatía”.

Cuenta la Caballeresa que de los balcones llovían flores y se fue formando en el camino una alfombra de pétalos. En este ambiente festivo y ya cerca de su balcón, donde estaba en compañía de su madre, sus tías y sus criadas Jonathás y Nathán relató: “(…) Tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S.E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho de S.E. (…) pero S.E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano (…)”.

La caravana prosiguió hasta llegar a la plaza donde estaba un sillón para recibir al Libertador y donde fue coronado 12 veces. En la noche hubo fiesta para el pueblo y fuegos artificiales.

EL BAILE: GUERRA Y CONQUISTA

Pero la cosa no terminó allí. Manuela llegó cerca de las ocho de la noche al baile en honor al Libertador en la casa de Juan Larrea. El propio Larrea la recibió y la llevó hasta el salón donde estaba sentado Bolívar conversando: “…Al ver que nos acercábamos se levantó, disculpándose muy cortésmente y atento a nuestro arribo se inclinó haciendo una reverencia muy acentuada. (…) S.E. Bolívar me miró fijamente con sus ojos negros, que querían descubrirlo todo, y sonrió. Le presenté mis disculpas por lo de la mañana, y él me replicó diciéndome: ‘Mi estimada señora, ¡Si es usted la bella dama que ha incendiado mi corazón al tocar mi pecho con su corona! Si todos mis soldados tuvieran esa puntería, yo habría ganado todas las batallas’”.

Luego de esto la tomó de la mano y la invitó a bailar, pues a Bolívar le encantaba bailar. Cuenta Manuela que luego de largo rato le comentó sonriéndole: “El baile es la mejor manera de preparar una estrategia de guerra”. Al parecer, Bolívar quedó prendado y no la dejó ni un instante. Por supuesto, Manuelita ya había “caído rendida”y lo expresó: “…Me tomó de la mano invitándome a bailar una contradanza, luego un minué que, aunque aborrezco, acepté encantada; para luego seguir con otra contradanza que nos dio la oportunidad de hablar. Luego un valse muy suave que nos hizo muy románticos”.

Cuenta nuestra joven heroína que para estar “a la altura del conocimiento de este señor”, le habló de política y estrategias militares. Simón Bolívar por su parte le recitó a Virgilio y Horacio en latín, y ella le hizo citas de Tácito y Plutarco. En este intercambio, refiere Manuelita que de repente “se puso muy erguido y yo pensé que se había enfadado; pero sonriendo me pidió él que era urgente le proporcionara todos los medios a fin de tener una entrevista conmigo (y muy al oído dijo: ‘Encuentro apasionado’), que sería yo en adelante el símbolo para sus conquistas y que no sólo admiraba mi belleza sino también mi inteligencia”. La pasión iría pues a conquistar otros territorios.

Luego de esto Bolívar la invitó a la Hacienda El Garzal donde se instalaría por breve tiempo el cuartel general. La Caballeresa del Sol se instaló en la hacienda y escribió en su diario: “La hacienda está repleta de mangos, naranjales, plataneros que parecen manos gigantescas (…) Todo aquí es llamativo, los colores de las flores y de las mariposas (…) Todo entonces invita al regocijo del amor y de la aventura. S.E. ha enviado a sus edecanes y algunos oficiales para aprovisionar todo y resolver asuntos concernientes a la instalación de su despacho (…) Presiento que S.E. va a tener mucho trabajo y, como pueda, yo he de sacarlo de allí para que su alma y su cuerpo tengan un descanso en armonía con mi esperanza de disfrutarlo todo, como siempre he soñado. (…) Qué felices fuimos. Yo me regresé a Quito y S.E. partió a Cuenca”.

Y así fue el encuentro y los primeros días de esta intensa relación de amor y lucha que el Libertador Simón Bolívar y Manuela Sáenz sostuvieron entre 1822 y 1830. Diría Manuelita: “Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero”.

Desde el 5 de julio de 2010, un cofre que contiene tierra de Paita, donde fue enterrada Manuela, está en el Panteón Nacional. Ese día, se le concedió a la Libertadora del Libertador, el ascenso a Generala de División del Ejército Nacional Bolivariano.

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