Breve origen del “medio pelo” venezolano

mediopeloDe acuerdo a la división internacional del trabajo, los países dominadores se aprovechan de los recursos de los países dominados. Esta circunstancia que permanece en la realidad histórica de los pueblos oprimidos obliga a volver sobre ella para analizarla y con ello contribuir a esclarecer la conciencia en esta etapa que vive la Revolución Bolivariana. Este texto es un modesto esfuerzo para contribuir con lo que Arturo Jauretche denominaría “desaprender la ignorancia aprendida”, fecundada por las élites oligárquicas y su intelligentzia, con sus libros, universidades y escuelas ajustadas al coloniaje.


Autora: María Fabiola Di Mare, Misión Verdad

En nombre de un pensamiento positivista y racionalista, las potencias occidentales, erigidas en “civilización”, tienen derecho a oprimir a los pueblos “bárbaros” e incivilizados. Este postulado, la zoncera madre de todas las demás, diría Jauretche, impone una lógica colonial a las naciones dominadas que las obliga a mantener un modelo de economía extractivista de materias primas e importador de bienes acabados, a beneficio del capitalismo transnacional.

Esta condición crea en los países periféricos superestructuras casi pétreas, podría decirse, que práctica e ideológicamente nos mantienen atados a esta desventajosa relación impuesta por los amos del concierto global. La nación que ose liberarse y romper con el orden imperial podría padecer serias consecuencias, sobre todo en el ámbito económico y financiero, que repercuten por supuesto en lo social.

Venezuela vive en estos momentos una guerra económica cuyo principal objetivo es dar al traste con la Revolución Bolivariana y la presidencia de Nicolás Maduro, quien no sólo cuestionó, sino que también enfrentó la política proimperial y entreguista, para trazar una alternativa política y económica independiente y soberana.

La guerra irregular que enfrenta el país se enfoca desde distintos escenarios. En el escenario real está el boicot constante hacia la economía: especulación, desabastecimiento inducido, contrabando y acaparamiento de productos de primera necesidad, fuga de divisas, entre otros. En el plano virtual o mediático continúa desde los medios transnacionales el ataque persistente, desmedido y feroz que ha mantenido el adversario desde los inicios del proceso bolivariano, a fin de inocular odio y rechazo hacia las políticas nacionalistas y populares propuestas desde 1998 por el Comandante Hugo Chávez.

Nos referimos a los medios para adentrarnos en esos sectores sociales que tienen el odio inoculado hacia el proceso revolucionario, nacional y popular, en los cuales ha calado el discurso mediático racista y de corte neofascista.

Para contextualizar la situación actual y referirnos al comportamiento y la composición de los estratos sociales debemos remontarnos a un análisis sociológico e histórico que permita localizar al “medio pelo” venezolano, caracterizarlo y, más allá, referir las oportunidades que tenemos como nación y sociedad frente a esta coyuntura inducida por poderes muy fuertes tanto internos como externos.

Petróleo y neocolonialismo

Es preciso volver sobre la división internacional del trabajo que han impuesto las potencias dominantes sobre las naciones dominadas. A los países de Latinoamérica les correspondió el papel de exportadores de materias primas e importadores de productos manufacturados, principal impedimento para el desarrollo armónico e integral de estas naciones. Las repúblicas centroamericanas fueron reducidas a “repúblicas bananeras”; a Argentina le correspondió la exportación de cereales y carnes, a Venezuela el petróleo, a Bolivia minerales e hidrocarburos, Chile primero se dedicó a exportar guano y posteriormente cobre. Así podríamos enumerar a cada país del continente con su historia de opresión y desventaja económica producto del extractivismo y la importación de bienes que luego venden a alto costo las potencias desarrolladas.

Desde principios del siglo XX, en Venezuela emanó de la tierra a borbotones el petróleo. Este hecho trajo una ingente riqueza repentina que la Cuarta República dilapidó y no aprovechó para generar desarrollo e integrar la economía.

Las élites dirigentes entreguistas al imperialismo norteamericano manejaron una política económica que en la práctica significó regalar y despilfarrar los recursos petroleros. Con este recurso estratégico la nación tuvo la oportunidad de integrarse económicamente, desarrollar y diversificar otras áreas de la economía para producir los bienes esenciales que requería el país. No obstante, este no fue el criterio de las élites gobernantes, quienes optaron por la “Patria chica”, como diría Jauretche. Así como la Pampa húmeda fue el límite económico y productivo para la élite dirigente argentina, los gobiernos venezolanos de la Cuarta República se limitaron a entregarle al imperialismo los pozos petroleros mediante convenios vergonzosos para el país que beneficiaban a las transnacionales norteamericanas. Todas las necesidades y bienes que requería el país se importaban, así como aquellos bienes suntuosos innecesarios que la oligarquía demandaba y que luego el “medio pelo” incorporaría a sus pautas y aspiraciones (automóviles, licores, yates, vestimentas de marca y demás artículos).

El mercado petrolero venezolano, que atravesó épocas de bonanza y también de depresiones, constata que esta riqueza nunca fue utilizada para el desarrollo e integración económica nacional. Fueron las potencias imperiales las que aprovecharon el petróleo para satisfacer la demanda de sus industrias en expansión. La diversificación de este recurso tampoco pudo concretarse por las presiones e intereses del poder imperial.

En efecto, para 1998 se llegó a constatar que el Estado apenas recibía 1% de regalías de parte de las transnacionales petroleras. Al mismo tiempo, una política de privatización estaba en marcha en la década de los 90 con la llamada “apertura petrolera”, que permitía a las transnacionales adueñarse de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), cuyo entreguismo se detuvo con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia.

La Cuarta República y los orígenes del “medio pelo”

En el siglo XX Venezuela se convirtió en el quinto exportador mundial de petróleo. La riqueza que emanó de nuestro suelo, sin el menor esfuerzo, parece que fue el salvoconducto o la justificación perfecta para que las élites oligárquicas y sus representantes en el gobierno tirasen la casa por la ventana.

Desde principios de siglo las élites en el poder cedieron el petróleo a las transnacionales con ventajosos acuerdos que les permitieron pagar irrisorias regalías. La dictadura de Juan Vicente Gómez, “el tirano liberal”, como lo calificaría uno de los miembros de esta intelligentzia, otorgó para las compañías petroleras norteamericanas fabulosas concesiones, a cambio de mantenerse en el poder hasta su muerte en 1937.

Durante la etapa posterior, con los gobiernos de López Contreras e Isaías Medina Angarita, se mantuvo casi inalterable la situación en materia económica. Medina tuvo la intención de revisar las concesiones y exigir mayores regalías, lo que le valió el golpe de Estado que en 1945 lo derroca.

La caída de Medina Angarita abre paso a una junta militar que en 1948 toma el poder por la vía de otro golpe de Estado, esta vez en contra de Rómulo Gallegos, quien apenas logró mantenerse en el poder unos nueve meses. A este representante de la intelligentzia, partidario también de las ideas de “civilización y barbarie”, lo tumban también los adecos, presumiblemente porque una vez en la presidencia se le ocurrió meterse con la política petrolera.

De esta junta militar convocada en 1948, surge un general, quien primero se desempeñaría como ministro de la Defensa, pero a partir de 1952 se erige como presidente de la República. La época viviría un régimen represivo y a la vez modernizador, debido a la construcción de obras de envergadura pública, tales como puentes, hospitales, carreteras, edificios, entre otros. Los precios del petróleo se encontraban altos, lo que mantuvo a la economía estable.

El ideario nacionalista de Pérez Jiménez no terminó de calar en los yanquis, quienes finalmente le quitan respaldo. Esto le da la oportunidad a Acción Democrática, Copei, URD y al Partido Comunista de derrocar al dictador en 1958. Es aquí cuando se sella el pacto de Punto Fijo que da inicio a la Cuarta República, una etapa en apariencia democrática y que supuestamente vería el desarrollo nacional integral en lo político, social y económico.

El pacto de Punto Fijo en realidad fue un pacto de élites que se repartieron el poder del Estado en todos sus niveles durante más de 40 años. Esta democracia representativa, que puso a Venezuela como vitrina de exhibición ante el mundo, en realidad significó una época de abandono, miseria y represión para el pueblo venezolano.

La democracia puntofijista fue un ensayo del imperio que demostraba la posibilidad de reprimir y asesinar estudiantes, líderes sociales, comunistas y librepensadores “en democracia”, mientras aplicaba una política férrea de desaparición, asesinatos y terrorismo de Estado a través de las dictaduras del Cono Sur.

Para la década del 70 el país nadaba en dólares, debido al alza del precio en el contexto internacional. Ello permitió el ascenso de una clase intermedia producto de empleos burocráticos dentro del Estado, funcionarios y dependientes indirectos del mismo, así como parte del auge de las carreras liberales universitarias (abogados, contadores, ingenieros, médicos, entre otros). Empresas contratistas que laboraban para el Estado o eran producto de esta riqueza también se multiplicaron, así como también prosperó el auge de comerciantes que compraban en el exterior mercaderías a bajo costo, con dólar barato, para luego venderla dentro del país.

Entretanto, la oligarquía vivía alejada directamente de la dirección estatal, pues para ello contaba con sus representantes en el gobierno que favorecían sus negocios y les permitía seguir amasando fortunas. Esta élite se ha caracterizado más por vivir en el exterior –en Estados Unidos y Europa por supuesto– y llevarse las divisas del Estado producto de la renta petrolera. De vez en cuando estaban en Caracas o viajaban en avionetas a sus hatos, signo muy importante de su riqueza de tradición terrateniente heredada desde la época colonial.

Gracias al rentismo petrolero, Venezuela se convirtió en uno de los países que más whisky consumía, incluso más que Escocia, mientras la miseria y el abandono se cernían sobre la mayoría de la población.

Debido a la urbanización desigual del país, y las paupérrimas condiciones socioeconómicas de los habitantes de las provincias, un alto porcentaje poblacional emigró de los campos y del interior del país hacia las ciudades del litoral –principalmente Caracas– en búsqueda de mejores condiciones de vida. Este contingente que fue a entregar sus manos y su trabajo para alimentar el sistema, hoy habita en su mayoría en los cerros de la capital.

La bonanza petrolera de la “Venezuela saudita” solo mejoró las condiciones de vida de unos pocos, de quienes manejaban las arcas del Estado: la oligarquía y el funcionariado corrupto. Entretanto, la clase intermedia y media-alta que se gestó fue adquiriendo las pautas de las élites en cuanto al derroche y ostentación. Es así como Miami se convirtió en la meca de estos sectores, quienes en momentos de superávit económico reprodujeron la famosa frase “está barato, dame dos”, signo del consumismo exacerbado y superfluo.

El “medio pelo” venezolano tiene su origen en el hecho de que ciertos grupos medios o sectores que logran ascenso económico, producto de políticas y condiciones socioeconómicas existentes, inmediatamente aspiran a la vida, el confort y lujo de la élite oligárquica. Como expuso Jauretche, el “medio pelo” proviene de la disociación entre el grupo de pertenencia y el grupo de referencia. Se trata esto de un tema ideológico, de una condición cultural y de valores elitistas que aunque objetivamente no se posean, subjetivamente están en la conciencia del agente que los reproduce.

Neoliberalismo e insurrección popular

En la década del 80 las condiciones socioeconómicas del país fueron empeorando. Los precios del petróleo se depreciaron, a diferencia de las décadas precedentes. A esto se agrega que la pésima administración de las arcas públicas deja al Estado venezolano hipotecado con organismos financieros internacionales. Es la época en la que se impone el neoliberalismo con Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña. El capitalismo se erigía triunfante ante la caída del muro de Berlín y la URSS.

En Venezuela se acentúan las políticas económicas entreguistas y antipopulares que disparan la inflación, la especulación, el desempleo y la pobreza. Esta situación se agudiza en el año 1989, cuando el presidente recién reelecto, Carlos Andrés Pérez, anuncia un paquete de medidas neoliberales que incluyen entre las de mayor impacto el aumento de la gasolina e incremento del valor de los servicios públicos, lo cual desencadena una fuerte inflación, aumento del transporte público, de los alimentos, entre otros bienes de primera necesidad. Esta resolución del Gobierno, producto de un acuerdo financiero con el Fondo Monetario Internacional, desencadena la ira popular, que se expresa en la insurrección espontánea del 27 de febrero, mejor conocida como El Caracazo.

El Caracazo expresó la furia del pueblo explotado en contra de este paquete económico que empobrecía aún más a la clase trabajadora. La capital del país y ciudades aledañas se alzaron en contra del régimen neoliberal, que valga decir, respondió con una brutal represión no solo policial sino de efectivos de las Fuerzas Armadas, que desencadenó miles de muertos.

Se acaba así el consenso y armonía de clases en Venezuela, la “vitrina de exhibición” del continente, un país de mujeres lindas y concursos de belleza en el que aparentemente no pasaba nada. El 27 de febrero de 1989 es el comienzo del declive del pacto de élites suscrito en la quinta Punto Fijo y el inicio de un ciclo que llevará al poder a Hugo Chávez.

Estos sectores de medio pelo, muchos de ellos con puestos, incluso de dirección, en la administración del Estado, hacen daño desde sus cargos para retrogradar los logros alcanzados por el pueblo
El chavismo, “el medio pelo” y la coyuntura actual

En 1999, Hugo Chávez hereda una situación económica difícil, con un barril de petróleo en menos de 10 dólares, altos índices de inflación, desempleo y una pobreza que rondaba el 80%. Las decisiones en materia económica y social que el presidente Chávez llevó adelante una vez en el poder permitieron superar ese difícil escenario. Sin embargo, desde un principio el gobierno tuvo que sortear intentos de golpes de Estado y de magnicidio, paro de la industria petrolera y del sector económico empresarial, desestabilización económica e intentos de generar caos social. Todos estos planes conspirativos fueron perpetrados por grupos oligárquicos que se oponían a las políticas del Gobierno bolivariano.

La Ley de Hidrocarburos y la Ley de Tierras fueron los dos textos legales más atacados por estos sectores hegemónicos, pues darían al traste con décadas de neoliberalismo y entreguismo neocolonial. Desde un principio estos sectores pudientes y con fuertes tentáculos de poder económico interno y externo trataron de derrocar al gobierno de Chávez. La maquinaria mediática fue una de las armas más utilizadas para desprestigiar y atacar no solo al gobierno sino a la figura presidencial.

En este escenario vuelve a entrar la figura del “medio pelo”, en tanto que sectores que se vieron favorecidos con las políticas económicas de Chávez, se convirtieron en los más acérrimos opositores al gobierno chavista. El pueblo seguidor de Chávez inmediatamente fue calificado como “lumpen” tanto por cierta izquierda de medio pelo como por la derecha. Ambas corrientes terminaron en una misma acera agrediendo e insultando al pueblo, a los excluidos de siempre que ahora habían adquirido estatus de ciudadanía y derechos constitucionales.

El “medio pelo”, en su actitud de imitación a la élite oligárquica, haciendo gala de sus valores racistas, calificaba de “chusma” y de “pata en el suelo” al pueblo chavista. Este sector intermedio o de clase media-alta, que mejoró sus condiciones con las políticas gubernamentales adoptadas, siguió comprando los estrenos de Navidad en Miami, pasando las vacaciones en Orlando para llevar a sus hijos a Disney, con los dólares preferenciales producto de la renta petrolera.

Estos sectores, llamados también clase media, apoyaron las múltiples conspiraciones y llamados al desconocimiento de las instituciones públicas. Cacerola en mano se dispusieron durante los años del gobierno de Chávez a vilipendiar las mismas políticas económicas que les permitían cambiar el automóvil cada año, comprar ropa de marca, vacacionar en Margarita o en el exterior. Entronizaron los valores de las élites oligárquicas en cuanto a la búsqueda del lujo y el desprecio a las clases populares.

Estos sectores de medio pelo, muchos de ellos con puestos, incluso de dirección, en la administración del Estado, hacen daño desde sus cargos para retrogradar los logros alcanzados por el pueblo. Reproducen la cultura del shopping, el fashion y la mediocridad. Denigran del país y sueñan con vivir en Estados Unidos, reproduciendo con ello las pautas inculcadas por las élites oligárquicas.

Ahora la emprenden en contra de Nicolás Maduro. Compran y acaparan en sus casas productos, tanto esenciales como aquellos que no son de primera necesidad, en un afán consumista voraz e insaciable. En lugar de cuestionar al empresariado que históricamente ha sido favorecido con divisas preferenciales para importación, emprenden su odio hacia el Gobierno por el acaparamiento y la especulación que generan esos mismos pseudoempresarios.

Este recuento histórico permite comprender el porqué de la actuación de estos grupos. El medio pelo mantendrá esta actitud, pues se trata de décadas de inoculación y reproducción de los valores elitistas. La esperanza quizás venga en las futuras generaciones que podrían “desaprender la ignorancia aprendida” y lograr un cambio cultural. Muchos años y esfuerzo se requieren para ello.

Sociología popular empírica

Mediante el análisis histórico y sociológico, sin ánimos de elaborar un discurso eminentemente científico, se pueden reconocer los hechos y matrices ideológicas que sin duda alguna marcan el devenir de los pueblos. Jauretche mismo lo expresaría cuando indicó que la gravitación de las pautas dominantes en una sociedad tiene incidencia sobre su destino.

Para finalizar esta reflexión, podemos decir que la coyuntura actual quizás en realidad sea una oportunidad. El boicot que actualmente las transnacionales le hacen a Venezuela podría convertirse en un aliciente para incentivar la producción interna y superar la economía rentista petrolera. Se precisa tino y voluntad política para lograrlo.

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