Esto escribió Ernesto Cardenal en 2004 sobre la Revolución Bolivariana

En el año 2004, el recientemente fallecido poeta y sacerdote revolucionario Ernesto Cardenal escribió el artículo «Una nueva revolución en América Latina» en El Nuevo Diario, de Managua, dedicado a la revolución iniciada pocos años antes por el entonces Presidente Hugo Chávez. Narró lo que observó tanto desde el gobierno, como desde los ataques hechos por la oposición en su contra. ¡Le invitamos a leerlo!


Texto: Ernesto Cardenal en El Nuevo Diario / CubaDebate

Chávez tiene en contra a todos los medios de comunicación privados, y también los extranjeros. La oposición además recurre al terrorismo. Sus manifestaciones políticas son vandálicas. En Valencia me contaron que a unos estudiantes que regresaban de Cuba les quitaron sus valijas en la calle y su dinero y todas sus pertenencias. Más de 80 líderes campesinos han sido asesinados. Y un psiquiatra me contó que tienen que tratar a muchos pacientes afectados por las campañas de terror de la derecha.

Los periódicos cada vez se venden menos por sus ataques a Chávez, y en consecuencia también han bajado sus anuncios. Y ellos mismos lo reconocen. Uno ve en las calles, al final del día, muchos bultos de El Nacional y El Universal sin abrir, que están siendo devueltos. La pregunta que se hace el pueblo es quién paga las pérdidas de esos periódicos. Y quién paga a los canales de televisión por dedicar su tiempo precioso, no a noticias ni anuncios, sino a ataques políticos.

A Chávez siempre lo están caricaturizando esos medios, con un racismo nuevo que ha surgido en Venezuela. Se burlan de él por sus facciones y el color de su piel. Como hay partidarios suyos que le llaman Mi Comandante, la derecha lo ha apodado Mico Mandante: porque es mestizo o mulato o tal vez las dos cosas, y por el color de su piel un tanto cobriza. La campaña de la derecha es abiertamente anti-pueblo, y me contaron de un animador de televisión que a los pobres llama feos, desdentados y negros violentos. Los medios además están llamando a la insurrección. El irrespeto no tiene límites, y el presidente de un partido le gritó a Chávez en la televisión «¡El coño de tu madre!». ¿En qué país le han dicho así a un jefe de estado? «Creo que no he conocido otro país en que haya tal libertinaje en las comunicaciones», escribe Marta Harnecker. Con todo, ningún periódico ni televisión ni radio han sido cerrados. Y tampoco hay presos políticos.

En Mérida nos hospedaron en un hotel donde también se hospeda Chávez cuando llega, y me contaron que entonces mucha gente, y sobre todo estudiantes, hacen vigilia allí toda la noche, esperando poderlo ver algún momento y platicar con él, y él suele salir, generalmente de madrugada, y los saluda y conversa con ellos.

A Chávez lo acusan de populista, pero creo que eso no es cierto, y que es auténticamente revolucionario, aunque también es populachero. Su amor por el pueblo es evidente, y su predilección por los pobres. Le hablan de tú, sobre todo los más humildes. Recorre incesantemente el país, desde hace años, desde que se lanzó a la política por primera vez. Ha ido a pescar con indios que pescan con la mano o con una gran piedra, y les ha dado implementos de pesca. Cita a Bolívar a cada rato, y se lo sabe de memoria. Aunque habla muchashoras seguidas, el pueblo siempre está atento, y lo interrumpe en el momento debido, con aplausos, gritos, consignas, exclamaciones o abucheos, según lo que esté diciendo. Se parece a Fidel, en cuanto que los dos hablan tanto tiempo (cautivando al auditorio) pero Fidel es bastante serio, y él es bastante jocoso. A diferencia de Fidel, mucho habla de Dios y de Cristo en sus discursos. Hace muchas citas del Evangelio, y a veces son citas falsas, poniendo en boca de Cristo cosas que no dijo nunca, aunque en el mismo espíritu de las que dijo.

No debo negar que encontré en Venezuela intelectuales honestos, algunos de ellos amigos míos, que se oponen visceralmente a Chávez. Pero para mí, su revolución bolivariana es como que Bolívar hubiera vuelto a Venezuela, de donde lo expulsó la oligarquía. Para mí se vive una auténtica revolución, y no es solamente un líder carismático, sino son millones de venezolanos que hay detrás. Es una revolución distinta de todas las otras, como son distintas todas las revoluciones.

Tal vez lo más popular que tiene Chávez es su programa «Aló Presidente» de los domingos en la televisión, en el que está recibiendo llamadas telefónicas de todo Venezuela y departiendo con su pueblo por 5, 6 y 7 horas. Durante esas horas se paraliza casi todo Venezuela. Me contaba una escritora que su papá no se aparta de la televisión desde que comienza el programa hasta que termina. Otro me contaba de su hijo que está con cuaderno y lápiz tomando apuntes como en una clase, y le llama su «clase». Cada domingo ese programa se realiza en una localidad diferente. Cuando yo estuve fui invitado por Chávez a su «Aló Presidente» en una ciudad no muy lejos de Caracas y que duró 6 horas. Había grandes carpas con varios miles de personas, principalmente de gente humilde del lugar, sobre todo muchachos y muchachas, mezclados con ministros y altos funcionarios. Él estaba en camisa, ante una mesa en que había un mapamundi y lápices. Apuntaba lo que se le decía en las llamadas, y daba largas contestaciones muy detalladas haciendo frecuentes bromas, y el público también intervenía y bromeaba con él.

Me di cuenta que es un hombre culto, que mucho cita autores y libros, y con frecuencia se refería a la Constitución levantando el libro que también él siempre anda consigo. Me pareció un caso único en el mundo, el de un jefe de estado en charla franca con su pueblo, los presentes y los ausentes, en un programa en vivo y durante tantas horas seguidas.

Una poeta australiana asistió junto conmigo a ese programa, y mientras él hacía una descripción del paisaje que nos rodeaba y los cerros en que una vez acampó Bolívar, ella le gritó: «¡Tú eres poeta!».

Es un torrente verbal, lleno de digresiones y digresiones de digresiones, pero retoma el hilo y vuelve a lo que había comenzado a decir. Y aunque habla sin parar también sabe escuchar, y se deja interrumpir. En aquel «Aló Presidente», una mujer del pueblo que lo llamó desde un rincón muy remoto del país, le quitaba la palabra: «Pero corazoncito escucha, no me dejas hablar, deja que te explique…».

Esas llamadas las contestaba con lápiz en mano. Su manejo de cifras es como el de Fidel. Demuestra un gran conocimiento de la historia de Venezuela. También de la geografía en sus comparecencias públicas hace campaña para fomentar la lectura y recomienda libros y recita. Esa vez en atención a mí leyó un poema mío.

Entre sus defectos está el ser impulsivo, el actuar con brusquedad a veces, tal vez con arbitrariedad; el ser demasiado exigente con sus colaboradores, por lo que es difícil trabajar con él, según lo reconoce él mismo. Pero admite fácilmente sus errores y sus fallas. En aquella ocasión le oímos echarse la culpa por decisiones equivocadas.

La jerarquía católica es adversa a la revolución como en todas partes. Y, como en Nicaragua, es corrupta. El presidente de la Conferencia Episcopal es de los peores. El cardenal, ya fallecido, llegó donde Chávez cuando los golpistas lo tenían preso, y lo quiso presionar para que renunciara.

En Caracas hay un edificio blanco muy grande y muy bello, que era la sede central de Petróleos de Venezuela. Allí la riqueza petrolera era administrada autónomamente sin que el Estado pudiera intervenir en nada, y se robaban esa riqueza. Sólo ahora, mediante la nueva Constitución el gobierno pudo tener control de la empresa.

Chávez despidió a miles de personas corruptas, y sacó a todos los que estaban en ese edificio blanco, y convirtió al edificio en sede de la Universidad  Bolivariana, la universidad de los pobres. Ahora miles de estudiantes pobres estudian allí, en relucientes oficinas con mullidas alfombras, baños de lujo y sillones de cuero. (Chávez antes estuvo pensando darles el palacio de Miraflores, porque decía que él podía acomodarse encualquier parte).

Antes la revolución venezolana tuvo que enfrentar un paro petrolero que por dos meses paralizó el país. Dañaron los pozos, las refinerías y las tuberías, cerraron las gasolineras, sabotearon los barcos, bloquearon los puertos. No había gasolina para los vehículos ni gas para las cocinas, y en muchas partes del país se cocinaba con leña. Al mismo tiempo se cerraron los supermercados y otros grandes comercios y las procesadoras y distribuidoras de alimentos.

El gobierno tuvo que importar petróleo a los precios internacionales, y enormes cantidades de alimentos: carnes del Brasil, leche de Colombia, arroz y maíz de República Dominicana. También el gobierno instaló en todo el país supermercados populares, donde el pueblo podía comprar a precios más bajos, y éstos ya quedaron desde entonces. Los días de Navidad fueron pasados con estas carencias de todo, pero el pueblo no se rindió. Una española queestuvo en esos días y ahora ha vuelto, me contó que el pueblo lo aguantó con
toda clase de inventivas y con humor. Las colas eran enormes y para cualquier cosa, pero en esas colas no se amargaban ni culpaban a Chávez.

En el mismo domingo en que asistí al «Aló Presidente», todos los poetas del festival fuimos invitados a cenar con Chávez en el palacio de Miraflores. A pesar de que Chávez acababa de llegar del programa de 6 horas, tuvo antes de la cena un coloquio de más de dos horas con nosotros. Nos contó que en el salón en que estábamos había sido donde se habían reunido todos los golpistas, y donde el presidente de la Cámara de Empresarios se había autojuramentado a sí mismo como el único poder, aboliendo el Congreso Nacional, el Tribunal de Justicia y el Tribunal Electoral, mientras todos lanzaban vivas a la democracia.

Unos irlandeses estaban haciendo un trabajo de cine en Miraflores cuando el golpe y filmaron esto, y Chávez nos dio copias de esa película. Fue el golpe militar más breve del mundo, pues los pobres rodearon Miraflores, además de que en todo el país el pueblo se volcó a las calles, los campesinos salieron a las carreteras, los estudiantes ocuparon las universidades y los trabajadores las fábricas, y los indígenas salieron de la selva. Cuando Chávez fue liberado de la isla donde lo tenían, ya el jefe golpista estaba preso.

«La revolución bonita», le llama Chávez a la de Venezuela.

En la cena me tocó estar sentado al lado del Presidente. Mientras cenábamos se le acercó alguien a informarle de un intento de privatizar las aguas de Venezuela (lagos, lagunas, ríos, el Orinoco incluido) y me dijo él que eso iba contra la Constitución y lo pararía, que esa misma noche iba a llamar al presidente de la Asamblea, aunque era casi como la medianoche. Después que él se hubo retirado, y nosotros ya lo íbamos a hacer, me dijo un empleado del palacio: «No se va a acostar; él se acuesta hasta muy tarde». Le pregunté a qué hora se levantaba, y me dijo: «Muy temprano».

Chávez antes de irse me pidió la bendición. Me excusé, como a veces lo hago, diciéndole que ya estaba bendito. Pero él insistió, y vi que lo pedía muy en serio, y que eso era importante para él. Le di una bendición solemne a él y a su pueblo, y la recibió emocionado.

Cuando regresé a Nicaragua, al sólo ver unos titulares de periódico cobré conciencia del abismo que separa nuestros dos países. —

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