Un diccionario mapoyo para que no muera la palabra

foto MAPOYO_GERONIMO TEPEDINO3 Escribió una vez el periodista e historiador Ryszard Kapuściński que desconocer el idioma de un pueblo convierte a ese mundo en un lugar insondable e incomprensible. Según él, hay una conexión entre tener nombre y existir. Aquello que no se puede nombrar, no se puede contar, recordar, explicar. Si así fuera, qué pasaría si toda un lengua desapareciera; cuántas cosas, acciones, sentimientos dejarían de existir. Ese es el peligro que corren unas 3 mil lenguas, conforme a estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), proyectadas para fines de este siglo.


Prensa MPPC (Texto: Laura Farina / Fotos: Gerónimo Tepedino)

Mayor riesgo sufren aquellas culturas que, como varios de los pueblos originarios de lo que hoy se conoce como Latinoamérica, no concibieron un esquema escrito para su idioma y, en cambio, trasmitían su conocimiento a través del habla (además de otras forma, como dibujos). Con ese sistema de comunicación intercambiaban saberes acerca de la vida, la alimentación, las dificultades y virtudes de la tierra, su cuidado, los ancestros y su cosmovisión.

Toda esa sabiduría, esa forma única de decir, estuvo a punto de perderse para el pueblo mapoyo, que hace vida cerca del río Villacoa, en el actual estado Bolívar, al sur de Venezuela.

Sobre esta realidad, conversó Jairo Bastidas –vocero de su etnia en el Consejo Presidencial del Gobierno Popular de los Pueblos Indígenas-, con la antropóloga Marie-Claude Mattei y Ernesto Yevara, coordinador de Colecciones del Museo Nacional de las Culturas. Es que, “nos resistimos a desaparecer”, explicó Bastidas.

Bajo esa certeza, los mapoyo comenzaron un trabajo de recuperación y revitalización de su lengua. Desde una escuela, dentro de su territorio, enseñan a los más pequeños a utilizar las palabras con que sus antepasados pronunciaban el mundo. Pero no quieren que esas voces se queden “en cuatro paredes”, como es la forma tradicional académica, sino que la educación se complemente con los padres dentro y fuera de la casa, en el conuco, en los ríos, en su vida cotidiana.

El reto ahora es hacer un diccionario que sirva para enseñar y aprender su léxico, que les permita a los no hablantes –pero integrantes de esa cultura– “conocer el ambiente, informarse sobre sus saberes ancestrales, sus rituales. Por eso digo que es más bien un diccionario enciclopédico en el que toda la comunidad puede participar”, explica Marie-Claude Mattei, antropóloga que realizará con ellos la aventura de trasladar a un texto esa manera originaria de expresar.

Para Jairo Bastidas, la iniciativa busca contribuir al proyecto de vida mapoyo: el idioma es parte fundamental de la identidad de un pueblo, aseguró. El principal recurso con que cuentan es el de los abuelos hablantes, dispuestos a enseñar, a practicar, a explicar, a recordar.

Además, agradeció el compromiso del Centro Nacional de Historia (ente adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Cultura) y de la profesora Mattei, quien “tuvo la posibilidad de conocer de manera viva la forma genuina de cómo se comunicaba el indígena”, opina el joven mapoyo.

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Es que Marie-Claude Mattei conoció a esta cultura hace cuarenta años, cuando prácticamente no se sabía nada de ellos y algunos estudiosos aseguraban que en realidad eran parte del pueblo e’ñepá. La antropóloga se dio cuenta, entonces, que los idiomas de ambas etnias tenían similitudes porque pertenecían a una misma familia lingüística: los caribe, pero sin lugar a dudas se trataban de dos grupos indígenas distintos.

“Regreso a los mapoyo después de tantos años. Y, la verdad, para mí es como una recompensa a mi trabajo, porque en aquel entonces yo los busqué y ahora más bien me buscaron ellos”, se alegra la antropóloga.

Armada de imágenes de aves, mamíferos, plantas y peces va reconstruyendo, en conjunto con los abuelos, las palabras perdidas, las casi olvidadas, las más cotidianas y repetidas. Pero entre las dos personas más hablantes hay diferencias de criterios, por eso la investigadora considera que será simple recuperar el léxico, pero más complejo restablecer el “sistema lingüístico”.

“La lengua es básica para crear una identidad sólida, pero también todas sus prácticas ancestrales, de hábitat, de comida –cuenta la profesora–. Lo que a mí me sorprende es la fuerza de los mapoyo para poder salvar todo eso”, agrega.

En ese sentido, un paso muy importante se dio en octubre pasado, cuando la Unesco declaró a la cultura y lengua del pueblo mapoyo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en calidad de salvaguarda urgente.

Para la realización del diccionario-enciclopedia, el Centro Nacional de Historia va a ayudar pagando los viáticos de Mattei. También colaborará con un medio sueldo para el hablante Jesús Reyes, quien es adulto mayor, no cuenta con medios para subsistir sin hacer grandes trabajos y, además, es necesario que acompañe a la antropóloga, sentado en su casa, hablando, oyendo, viendo.

La obra “va a mostrar los mitos de creación del pueblo mapoyo y a través de ellos hablar de los procesos productivos, simbólicos o ceremoniales de la comunidad y fortalecer sus valores”, cuenta Ernesto Yevara, coordinador de Colecciones del Museo Nacional de las Culturas, perteneciente al Centro Nacional de Historia.

El derecho a oír a los suyos

El diccionario recién está en marcha y no hay fecha fija para su publicación, ya que depende del tiempo que demore este arduo trabajo de comparación, comprensión y recuperación de saberes. “Vamos a hacerlo de manera intensiva, porque ni los hablantes ni yo somos jovencitos de dieciocho años”, dice Mattei.

Pero también será fundamental una solicitud urgente: que todos los investigadores, instituciones y particulares que tengan material audiovisual de los hablantes más antiguos, quienes ya fallecieron, les hagan llegar copia de esas grabaciones a la comunidad, ya que se trata de una herramienta indispensable para la completa recuperación de su lengua.

Los contactos para este fin son: museodediversidadcultural@yahoo.es y museocomunitariomurukuni@gmail.com.

“La comunidad mapoyo requiere, con bastante necesidad, esas copias para poder avanzar y facilitar el trabajo. Y nosotros como comunidad creo que tenemos ese derecho”, exige Bastidas.

La palabra de los ancestros

foto Mapoyo_centronacionaldehistoria

El Museo Nacional de las Culturas, adscrito al Centro Nacional de Historia, “intenta ser un museo sobre la diversidad cultural del presente en el país”, asegura Ernesto Yevara.

Proyectan generar museos comunitarios en distintos puntos del país para que sea realmente nacional: ya hay uno en Chuao, Aragua; otro en El Tabor, Táchira; dos más en Trujillo, por lo menos uno en Lara y otro en Falcón.

El espacio para la memoria y recuperación cultural del pueblo mapoyo se llama Museo Comunitario Murukuní. Empezaron a trabajar en este proyecto en el año 2010, con ayuda de varias instituciones del Estado, pero con los recursos de la comunidad: fue realizado con materiales y técnicas locales. El Museo abrió sus puertas un año más tarde.

La primera muestra versó acerca del derecho del pueblo mapoyo a su territorio, reconocimiento ortorgado por el Estado venezolano en el año 2013. La segunda exposición llevará el nombre Naha penare ko’ bantomo waimuru (Las palabras de nuestros ancestros) y está en plena instalación.

La comunidad, que hace vida en el caserío conocido como El Palomo, construyó también una Empresa de Propiedad Social (EPS), en la que participan los otros siete pueblos indígenas que viven dentro del espacio ancestral mapoyo. La EPS va a fortalecer los procesos formativos y de trasmisión de otros saberes: cómo producir casabe, mañoco, yuca; cómo pescar, hacer cestería, cerámica, talla de madera y medicina tradicional.

Según Ernesto Yevara, la idea es fortalecer la matriz simbólica y la identidad cultural: “Ninguna institución es eterna, la comunidad tiene que generar sus propios procesos, empresas o medidas para generar la autogestión”.

El Centro Nacional de Historia también va a respaldar un proyecto socioproductivo de una posada que se construirá con técnicas tradicionales y algunas intervenciones modernas para hacerla más confortable y resistente. Está destinada para uso turístico y servirá de modelo para la Gran Misión Vivienda Venezuela. Para esto, esperan contar con el apoyo de los arquitectos José Fruto Vivas y Jesús Alvarado.

“La comunidad está como reenamorándose de su propia arquitectura”, asegura el Coordinador del Museo Nacional de las Culturas.

Reconocimiento completo

Marie-Claude Mattei explica que el reconocimiento a un pueblo indígena es más que la confección de un papel, una ley. Venezuela recién dio este paso legal con la Constitución de 1999. Otros países de Latinoamérica ya lo habían hecho para ese momento, algunos lo lograron después.

Sin embargo, el Gobierno Bolivariano es, según la antropóloga, uno de los pocos que ha logrado dar un paso más: otorgarles la titularidad de la tierra a un pueblo que hoy en día tiene 89 familias.

Esta realidad no está exenta de contradicciones. Una de ellas es la presencia de Bauxilum, una empresa nacional encargada de extraer bauxita de estas tierras, práctica que choca con los valores intrínsecos de los indígenas.

Jairo Bastidas cuenta que la forma de vida del pueblo mapoyo “se identifica con la armonía y el equilibrio con el espacio, con la naturaleza, con lo que nos rodea. Lo importante para el mapoyo es que se mantenga esa forma de vida. Revitalizar ese tejido cultural es contrarrestar este mundo de globalización acelerada que, si no tienes firmeza, desplaza a las culturas. No solamente el idioma, la tradición para comer, para sembrar, el conocimiento simbólico”.

Esta interpretación del mundo “en quinientos años, a pesar de todo lo que fuimos expuestos, no ha desaparecido”, dice el joven mapoyo, y agrega: “Queremos que el Gobierno Bolivariano, más allá del reconocimiento, asuma el compromiso más de lleno para materializar el proyecto de vida mapoyo dentro de la cosmovisión indígena”.

Las ideas mapoyo no han muerto, sus palabras tampoco.

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