Cantos, velas y tambores: la geografía espiritual con la que Venezuela recuerda a sus ancestros

Cada 1 y 2 de noviembre, Venezuela despliega un mapa de rituales diversos que comparten un mismo principio: la muerte no rompe el vínculo comunitario. Desde el oriente indígena hasta la costa central, las tradiciones de recordación de los difuntos combinan duelo y celebración, fe y juego, memoria y resistencia.

  

Texto: Alba CIudad (Jorge Pinillos) / Prensa MPPC – Medios Nacionales / Fotos: Redes Sociales

El Akaatompo kariña: recibir a los que vuelven

En la mesa oriental de Anzoátegui, el pueblo Kariña no despide a sus muertos: los espera. El Akaatompo es un ritual en el que las almas de los ancestros retornan al hogar terrenal, y las familias preparan con días de antelación el banquete preferido del difunto, con casabe, carne de monte y kashiri, una bebida fermentada de yuca . Grupos de músicos y danzantes recorren las casas entonando el Mare-Mare, y los niños participan en la variante del Akaatompo Pooto, dedicada a los niños muertos. Para los Kariña, lejos de evocar tristeza, el ritual reafirma el vínculo comunitario y la continuidad de la existencia . La manifestación fue declarada Bien de Interés Cultural en 2005 .

La Llora: el luto convertido en catarsis

En los valles de Aragua, especialmente en La Victoria y Zuata, La Llora transforma el duelo en una demostración de vitalidad popular. Los bailadores, vestidos con prendas tradicionales de la colonia y la campiña, ejecutan una serie de sones de ritmo frenético —“El Caroní”, “El Palito”, “El Oso”, “La Chispa”— acompañados por bandolín, cuatro, tiple y maracas . La danza, de herencia indígena entrelazada con tradiciones hispánicas, escenifica el dolor de la pérdida como catarsis colectiva. En 2023, autoridades locales y cultores plantearon la necesidad de impulsar su candidatura ante la Unesco.

Velas en Lara y el Alumbrado en La Guaira

En los pueblos de Lara, la devoción a las Ánimas del Purgatorio adquiere un tono de recogimiento. Al caer la noche del 1 y 2 de noviembre, rezanderos y devotos recorren camposantos y calles iluminadas solo por velas, entonando oraciones y cantos religiosos por el descanso eterno de los fieles difuntos.

En la costa de La Guaira, en cambio, el Alumbrado de los Difuntos convierte los cementerios de Naiguatá, Carayaca y Osma en espacios de encuentro vecinal. Las familias limpian, pintan y adornan las tumbas con flores multicolores y cientos de velones encendidos. Al caer la noche, se comparten relatos, música, oraciones y comida, encendiendo la noche costera como símbolo de luz perenne para quienes partieron.

El Juego de la Maluca en Sucre

En los pueblos pesqueros y rurales de Sucre, el luto se acompaña con el Juego de la Maluca. Durante los velorios, los asistentes se reúnen en el patio de las viviendas para realizar dinámicas de cartas, adivinanzas y juegos de prendas. El objetivo es acompañar a los deudos en las horas más complejas de la velada, transformando el espacio del lamento en un ejercicio de solidaridad comunitaria.

Documentaciones etnográficas señalan que la Maluca tiene raíces afrodescendientes y se practicaba en el Golfo de Cariaco, Carúpano y Güiria como un juego ritual vinculado a los velorios, en el que los participantes formaban un círculo mientras uno esgrimía un látigo de pañuelos anudados al ritmo de cantos.

Un mismo hilo: la memoria como fuerza viva

Estas expresiones, diversas en forma y geografía, coinciden en un gesto común: negarse a que la muerte reduzca el vínculo a la ausencia. El Akaatompo recibe, La Llora catartiza, Lara reza, La Guaira ilumina, Sucre juega. En cada caso, la memoria de los ancestros se convierte en una fuerza colectiva y renovada, transmitida de generación en generación.

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