El arte tiene la tarea de reafirmar nuestra identidad y fuerza como pueblo: Miguel Guerra y la resignificación del Guernica para narrar el 3 de enero

“El muralismo es arte en estado de diálogo permanente. No es un monólogo en un taller, es una conversación con la calle, con la mirada del que pasa, con la historia del lugar”. Con esta declaración de principios, el artista plástico Miguel Guerra definió la esencia de su más reciente obra: un mural colectivo de grandes dimensiones, ubicado en los exteriores de la Galería de Arte Nacional (GAN), que reinterpreta la Guernica de Pablo Picasso a la luz de los bombardeos sufridos por Venezuela el pasado 3 de enero.

Texto Alba Ciudad (Jorge Pinillos) Entrevista: Oriana Chirinos / Fotos: Redes Sociales

Escucha la entrevista aquí: 

En una entrevista para el noticiero Cultura al Día de Alba Ciudad 96.3 FM, conducido por la periodista Oriana Chirinos, Guerra desmenuzó no solo el proceso técnico y conceptual detrás de la obra, sino también su profundo significado como acto de memoria, resistencia y reparación simbólica. La pieza, encargada por la Fundación Museos Nacionales y coordinada por la viceministra Mary Pemjean y el director de la GAN, Clemente Martínez, se erige como un testimonio pictórico de denuncia y resiliencia.

De Guernica a Caracas: Un símbolo universal recontextualizado

Guerra explicó que la elección de la Guernica como matriz iconográfica fue profundamente estratégica. La obra de Picasso, nacida para denunciar el bombardeo fascista sobre la población civil de la localidad vasca en 1937, se ha convertido en un “símbolo universal contra los crímenes de guerra”.  “No se trata solo de Picasso, se trata de lo que la obra representa: el grito desgarrado de la humanidad frente a la barbarie. Y lamentablemente, nos tocó a nosotros, en el siglo XXI, vivir una experiencia que nos obliga a apropiarnos de ese grito y hacerlo propio”, reflexionó el artista.

El mural, sin embargo, no es una copia. Guerra y su equipo –integrado por unos 20 artistas, técnicos y personal de los museos– realizaron una apropiación crítica. Aproximadamente el 70% de la composición respeta las figuras distorsionadas y angustiadas del original, ejecutadas en una paleta de grises, negros y blancos que evocan el horror y la desolación. El 30% restante es una intervención específicamente venezolana.

Iconografía de la agresión: Águilas, misiles y la “democracia” que cae del cielo

En esta intervención, los elementos añadidos son una narrativa visual directa. Aviones de combate y helicópteros surcan el caótico cielo pictórico. Una poderosa águila, claramente inspirada en el emblema estadounidense, aparece no como símbolo de libertad, sino de agresión: en sus garras lleva misiles. Detrás de ella, “barras rojas con estrellas que simulan la bandera estadounidense” caen verticalmente, como bombas o como una lluvia mortífera de un modelo político impuesto por la fuerza.

“Quisimos representar la simulación de esa ‘libertad’ o ‘democracia’ que se predica en los discursos pero que en la práctica llega en forma de metal, fuego y destrucción. Es la paradoja violenta que hemos vivido”, argumentó Guerra. Este contrapunto se equilibra con elementos tomados de la obra de la artista venezolana Elsa Morales: palomas de la paz, flores estilizadas y palabras que invocan la concordia, integradas con un estilo de arte ingenuo que aporta un destello de esperanza y arraigo local frente al horror universal.

Tecnología y oficio: El “proyecto” como puente entre la idea y el muro

La ejecución de un mural de tal complejidad y referencialidad exigió un meticuloso proceso. Guerra detalló el uso de la técnica del “proyecto” o proyección digital. Mediante una aplicación especializada, la imagen de la Guernica se proyectó sobre la pared a escala, permitiendo un trazado preciso de las figuras principales. “Era fundamental que el público identificara inmediatamente la referencia a Picasso. La tecnología nos dio esa exactitud”, afirmó.

Una vez establecida esa base, los elementos añadidos –las águilas, los aviones, las palomas de Morales– se dibujaron a mano alzada, combinando el dominio técnico con la gestualidad espontánea. Se utilizó pintura crovinílica, un material a base de agua y aguaxa, destacado por el artista por su durabilidad, acabado profesional y, sobre todo, por ser menos tóxico que las pinturas al óleo o sintéticas, protegiendo la salud de los creadores durante las extensas jornadas bajo el sol caraqueño.

El mural como experiencia comunitaria: Café, pan y conversación

Para Guerra, lo más enriquecedor del proceso fue la interacción con el espacio público. El mural se levantó en tres a cuatro días, en jornadas de 9:00 am a 4:00 pm, en plena vista de transeúntes, trabajadores y vecinos. “El muralismo te expone. La gente te observa, comenta, pregunta, a veces critica al principio porque no entiende el caos de las primeras líneas. Pero luego ve nacer la imagen, y ahí nace también la valoración”, relató.

Compartió anécdotas que definen la esencia social de esta disciplina: personas que se acercaban con un café, un pan dulce o simplemente con palabras de aliento. “Dejan de ser espectadores pasivos para ser cómplices del proceso. Esa es la magia: transformas un espacio físico y, al hacerlo, transformas también la relación de la comunidad con ese lugar. Un muro que era solo un límite se convierte en un espejo, en un memorial, en un punto de encuentro”.

El arte como antídoto: De la intimidación a la fortaleza identitaria

La conversación con Oriana Chirinos derivó hacia una reflexión profunda sobre el papel del arte en tiempos de trauma nacional. Guerra fue categórico: “Un ataque como el del 3 de enero tiene, entre sus objetivos, la intimidación psicológica y la humillación colectiva. Busca quebrar el espíritu”.

Frente a esta ofensiva, el artista planteó que la respuesta cultural debe ser contundente. “Nuestra tarea, como cultores, es exactamente la contraria: es reafirmar. Reafirmar la identidad, la historia compartida, la fuerza del pueblo, la unidad. No se trata de hacer propaganda, se trata de hacer memoria activa y de fortalecer el tejido social a través de la belleza, la crítica y el simbolismo”.

Citando al cantor del pueblo Alí Primera, recordó: “La tristeza de mi pueblo será convertida en fuerza”. Para Guerra, el mural de la Guernica venezolano es un acto de esa alquimia: transformar el dolor en una imagen poderosa que, lejos de paralizar, convoca a la reflexión, a la paz y a la firmeza. “Es un llamado a no normalizar la barbarie, a recordar lo sucedido, pero también a mirar hacia adelante con la fortaleza de quienes se reconocen en su cultura”.

Mirada hacia Petare: La continuación del diálogo muralista

Al cerrar la entrevista, Guerra anunció que ya se encontraba en el barrio Petare, inmerso en un nuevo proyecto del festival “Ciudad Mural”. Esta iniciativa, explicó, tiene un carácter más orgánico: luego de escuchar a cronistas y líderes comunitarios, los artistas crearán obras inspiradas en la religiosidad popular, la resistencia indígena y la visión de Petare como un “territorio de paz”. Es la otra cara de su propuesta: si el mural de la GAN es un grito contra la agresión externa, el trabajo en las comunidades es un canto a la construcción interna, a la identidad y a la resiliencia cotidiana.

Para seguir su trabajo y el de la escena muralista:

– Instagram personal de Miguel Guerra: @soymigueb
– Proyecto Ciudad Mural: @ciudadmuralvenezuela
– La obra puede visitarse físicamente en la calle lateral de la Galería de Arte Nacional, entre las avenidas Bolívar y México, cerca de la plaza de la Juventud.

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