La propuesta musical que presentaron el pasado viernes 20 de marzo en la antigua sede del Cuartel San Carlos (hoy Casa de la Cultura y la Libertad Ali Primera) dejó una huella profunda que vale la pena destacar. En entrevista en el Noticiero Cultural Día, con la periodista Oriana Chirinos, los integrantes de la agrupación Lizzie Marú, Litzel Berroterán y Runyel Barboza, adelantaron lo que sería un concierto gratuito cargado de simbolismo, memoria y una innovadora fusión de ritmos del sur global.
Texto: Alba Ciudad (Jorge Pinillos) / Entrevista: Oriana Chirinos / Fotos: Luigino Bracci
Escucha la entrevista aquí:
El evento, que contó también con la participación de Sandino Cantor y el Proyecto Colibrí del Chiquero, contó una experiencia sensorial única. Desde las 4:00 de la tarde, el público asistente pudo disfrutar de un repertorio que navegó por las complejidades de la identidad latinoamericana, fusionando tradiciones de Venezuela, Brasil, Perú, Uruguay y más.
Un concierto sin fronteras: La fusión como bandera
Lejos de ser un recital tradicional, la presentación de Lissimarú destacó por su propuesta de fusión sin cuadros. Según explicaron los artistas, el repertorio incluyó adaptaciones de géneros tan diversos como:
– Fusión de candombe uruguayo (específicamente el “candombe de Cuarén”, de tono más melancólico) con matices de son cubano y salsa venezolana al estilo Oscar D’León.
– Ritmos afro-peruanos como la zamacueca, el landó y el festejo, fusionados con toques de Culepuya de Guatire y Curiepe.
– Aires venezolanos (orientales, occidentales y urbanos) mezclados con influencias andinas y bases rítmicas brasileñas.
La agrupación, conformada por seis músicos en escena, optó por un formato minimalista en lo audiovisual, pero potente en lo performático: la conexión entre los ejecutantes y la carga emocional de las letras se convirtieron en el verdadero espectáculo sensorial.
Melancolía alegre: El concepto detrás de la música
Uno de los momentos más profundos de la entrevista fue cuando se les preguntó por el concepto que define su trabajo: “la melancolía alegre”. Liz explicó que esta idea nace de su experiencia personal como migrante en Argentina durante varios años. Al regresar a Venezuela tras la pandemia, se encontró con una realidad transformada: calles más vacías, seres queridos que ya no estaban físicamente, pero una profunda sensación de reencuentro con su tierra.
“Fue volver a nacer en mi tierra. La melancolía alegre es recordar, extrañar, pero transformar ese sentimiento en algo nutritivo, de aprendizaje. No quedarse siendo víctima, sino preguntarse: ¿ahora qué hacemos con esto?“* — explicó la artista.
Este concepto no solo da título a su filosofía de vida, sino que atraviesa su repertorio, que incluye desde composiciones propias hasta versiones de clásicos como “Hasta la Raíz” de Natalia Lafourcade, “Llanera Altiva” (como homenaje a Lilia Vera) y obras de Mercedes Sosa, Chabuca Granda y Víctor Heredia.
Memoria histórica y resistencia cultural
El concierto también se planteó como un acto de memoria. Los músicos señalaron que su repertorio aborda canciones que narran la historia de América del Sur durante y después de las dictaduras de los años 70, con una mirada crítica hacia los ciclos que se repiten en la región.
“Seleccionamos información que sea construcción para la vida. Hablamos de la memoria, el colectivo, la resistencia y la trascendencia”, afirmaron, dejando claro que su arte es también un posicionamiento político y filosófico.
Para quienes deseen estar al tanto de futuras presentaciones —ya que el grupo promete seguir explorando estos cruces culturales—, sus redes sociales son el principal canal de difusión:
– Instagram: @lyz_maru | @lymaru
Los artistas reflexionaron sobre su relación con las redes sociales: aunque las utilizan como herramienta necesaria, buscan no depender del “mainstream” para no atrofiar su proceso creativo. “Hay que encontrar un balance para no meternos en una cajita cuadradita”, concluyeron.
La propuesta de Lissimarú, Sandino y el Proyecto Colibrí del Chiquero dejó una muestra de que en Caracas sigue gestándose un movimiento musical profundamente arraigado en la identidad, la memoria y la experimentación sonora. Un evento que, más allá de ser un concierto, fue un espacio de encuentro con las raíces y el futuro posible de la música latinoamericana.





