El 10 de los nuestros, por Raúl Cazal

Hay deudas que nunca se pueden pagar. Muchas canciones en tangos y boleros hacen referencia a estas cuentas insaldables; también en algunos discursos políticos sobre la deuda externa. En los años 80, Fidel Castro la catalogó de impagable y no ha perdido vigencia. A propósito de la partida de Diego Armando Maradona, por las redes digitales (mal llamadas “sociales”), se han advertido episodios de protección y milagros sin que se le haya invocado. Refieren muchos que, en situaciones de angustia y zozobra fuera de Argentina, al mencionar su nacionalidad, recibieron ayuda y protección por la sola alegría de conocer a algún paisano o paisana de Maradona.

Fuente: Visconversa

Los milagros de Diego apenas comienzan y la fe mueve a los pueblos. C. G. Jung en Respuesta a Job escribió que para entender a la religión se debe usar la pasión, y con Maradona, sobra pasión; más cuando discutir sobre su figura, es un deporte universal.

Generalmente se busca al héroe perfecto, pero este “no existe fuera del estadio”, afirma Juan Villoro en Los once de la tribu, así como tampoco el jugador “completo”, después de mencionar la descripción de César Luis Menotti: “El único criterio para ‘medir’ a un aspirante es el talento, cosa que no puede ser juzgada a priori con relojes o cintas métricas. Un gordito bajito, que le pega con una sola pierna y no salta a cabecear puede ser Puskas, Sívori o Maradona”.

Sobre este héroe imperfecto, al que algunos le dicen “El Diego”, otros “D10S”, “Pelusa”, se ha reconocido con gusto una deuda impagable. Eduardo Sacheri no pudo decirlo mejor en “Me van a tener que disculpar”, quien no puede juzgarlo porque el tiempo debió detenerse en aquel partido contra los ingleses en el Mundial de México ’86. Cuatro años antes el mundo supo del poder bélico del Reino Británico y la despiadada utilización de los gurkhas en Las Malvinas. Por tanto, aquel juego era más que fútbol. Era rabia acumulada, también.

Con “semejante prólogo de tragedia —continúa Sacheri—, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. (…) Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante”. Y cuatro minutos después, viene el gol del siglo.

Por estos goles y otras cosas más, eres el 10 de los nuestros.

[Texto] “Me van a tener que disculpar”, por Eduardo Sacher

[Video] “Me van a tener que disculpar”, con narración de Alejandro Alejo Apoen y Víctor Hugo Morales

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