Hay voces que simplemente narran historias, y luego están las voces que son historia misma. La de Elena Gil pertenece a este segundo grupo; un torrente que brota desde las profundidades de la Gran Sabana, se mece con las olas de La Guaira y se convierte en un abanico de ritmos que van desde el canto de cuna en chinchorro hasta el bolero feeling más exquisito de Cuba.
Texto: Alba Ciudad (Jorge Pinillos) / Entrevista: Angie Vélez / Fotos: Angie Vélez-Redes Sociales
Puedes escuchar la entrevista aquí:
En una amena conversación en el Noticiero Cultural Día junto a la periodista Angie Vélez, esta trovadora, como le gusta definirse, inició la conversación con la calidez de quien ha dedicado más de cuatro décadas a cantarle a la identidad, al amor y a la tierra. Y es que, aunque en el aire promocionaba un concierto íntimo titulado “Tú, mi delirio, yo, tu delirio” —junto al pianista Leonel Ruiz en un acogedor local entre la Plaza Bolívar y la Plaza del Venezolano—, la verdadera razón del encuentro era mucho más profunda. Se trataba de desgranar la vida de una mujer que, según confesó entre risas, es “de mar y de agua, del agua dulce de la Gran Sabana” .
Los orígenes: Una infancia entre tepuyes y coros escolares
Para entender a Elena Gil, hay que viajar al sur de Venezuela. Hija de la etnia pemón, su familia materna y paterna habitan la inmensidad de la Gran Sabana, específicamente en comunidades como Camarata, Canaima y, sobre todo, Cabanayén, una zona “muy aparatosa para llegar, pero que siempre tiene muchas sorpresas”.
Sin embargo, su historia es la de una mujer de dos aguas. Aunque nacida en el seno de esa comunidad indígena, su madre, Candelaria —una “gran caminadora” que hoy roza los 92 años—, decidió migrar a La Guaira en busca de mejor salud. Fue en el litoral central donde Elena creció, fue registrada civilmente y encontró una “familia de crianza” que la convirtió en una de siete hermanos .
“Empecé a cantar desde tempranos momentos, como todos, en las escuelas, en coros… acompañando guitarras y cuatros”, relata Elena. Pero fue alrededor de 1980 cuando la espinita del artista se clavó definitivamente en su corazón. Con la ayuda de “grandes personas que hoy son grandes artistas”, decidió que su vida estaría dedicada a la escena.
Lo fascinante de su carrera es que Elena Gil no solo es música; es Licenciada en Educación en Ciencias Sociales por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Ejerció la docencia durante 10 años, hasta que la música le ganó la partida definitivamente en los años 90 .
Los cantos de la tierra: Más allá de la tonada
Si hay un sello que distingue a Elena Gil del resto de los trovadores venezolanos, es su rol como intérprete de los cantos originarios. En la entrevista, corrigió con ternura a esta servidora cuando mencioné “cantos de cuna”. “La palabra ‘rullo’ no existe en el vocablo indígena”, explica con respeto. “No hay cuna, hay chinchorro. No se arrulla, se hace dormir”.
Estos cantos ancestrales, que aprendió de su madre y que resuenan en las comunidades pemón, no son simples melodías para niños. Son lecciones de vida. “Se transmiten lecciones sobre la tierra, sobre la familia, la comunidad, la solidaridad y la protección al ambiente”, detalla la artista.
En una investigación más a fondo sobre su repertorio, se descubre que estos cantos tienen una visión cósmica fascinante. “Ellos dicen que somos como peces en un mundo de agua —que es la Tierra—, todos conectados con el Sol que da el alimento. El Sol nos da la sabiduría” . Por eso, cuando Elena canta a capela temas de su etnia, no solo está entreteniendo: está bendiciendo la Pachamama, la cosecha o preparando el espíritu para el descanso del niño.
El bolero y el “susto” sinfónico en Cuba
A pesar de su profunda raíz indígena, el alma de Elena Gil también es caribeña. A principios de los 90, en pleno auge del movimiento de la trova en América Latina, se atrevió a explorar el bolero. Eso la llevó a un punto de inflexión en su carrera: el Festival Internacional del Bolero en La Habana, Cuba, en 1990.
La anécdota es digna de una película. “Yo no leo música”, confiesa Elena. Había ensayado con el maestro Aquiles Báez, quien le marcó las partituras a mano. Ella viajó a Cuba pensando que tocaría con un cuarteto pequeño. “Mi sorpresa fue mayúscula cuando entro al escenario y descubro que se trataba de un ensayo con una orquesta sinfónica entera”. Fue la Orquesta Sinfónica de la Radio y la Televisión de Cuba, bajo la dirección de Miguel Patterson .
Lejos de amedrentarse, Elena Gil pasó la prueba con creces. Esa travesía le valió no solo la ovación del público cubano, sino la amistad de dos gigantes: las cantautoras Elena Burke (a quien cariñosamente recuerda por una fuga de un hospital para ir a tomar ron con Pablo Milanés) y Ela Calvo, a quien recientemente homenajeó en el programa radial de Humberto Márquez . “Cantar frente a César Portillo de la Luz era genial… si no le gustaba como cantabas, te decía: ‘Usted no lo ha hecho correctamente'”, recuerda entre risas sobre el exigente compositor.
Una embajadora cultural sin discos propios
Uno de los datos que más sorprende del currículum de Elena Gil es que, a pesar de haber representado a Venezuela en escenarios de Uruguay, Chile, Alemania, Dubái, Turquía y Marruecos, y de haber compartido tarima con Oscar D’León y la Orquesta Sinfónica de Venezuela en 2014, no posee un disco producido formalmente en el mercado.
“Eso es un disco virtual”, se excusa con honestidad. “Estoy allí en las redes: busquen ‘Elena Gil’ en YouTube y aparezco”. Reconoce que es “muy desordenada” en ese sentido, pero su legado está disperso en recopilaciones del Ministerio de Cultura y en la memoria de quienes la han visto cantar .
Actualmente, se desempeña en el ámbito cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores, desde donde impulsa a otros artistas, pero su voz sigue vigente en los rincones más hermosos de Caracas. Su reciente colaboración con el pianista Leonel Ruiz es la prueba de que su creatividad está intacta. “Hemos hecho una llave, el candado y la llave”, dice sobre esta sociedad musical que se atreve a todo: desde el bolero feeling hasta el tango, pasando por los cantos de ordeño y los valses peruanos.
El delirio de mantener viva la identidad
El concierto “Tú, mi delirio” —que toma el nombre del famoso tema de César Portillo de la Luz— era el gancho radial para hablar del evento de esa tarde, pero la charla trascendió la cartelera. Al despedirse, Elena Gil dejó una reflexión que resuena en estos tiempos de dispersión cultural: la música es el abrazo que nos une.
“Vamos a pasarnos la mano sobre el hombro para saber que estamos juntos”, dijo invitando a su presentación en esa “cajita chiquitica” ubicada entre la estatua de Simón Bolívar y la Plaza del Venezolano. Porque para ella, el espacio se hace grande cuando los venezolanos, “seres grandes y valiosos”, se aprietan para compartir una canción.
Elena Gil es, finalmente, esa rara avis en la cultura venezolana: la cantante culta que respeta la tradición pemón, la funcionaria pública que extraña los escenarios y la abuela espiritual que arrulla con cantos cósmicos mientras planea su próximo bolero. Si hay un “delirio” que vale la pena padecer, es el suyo: el de no dejar morir las raíces.



