La despedida a Juan Dionisio, por Rafael Pompilio Santeliz

Juan Dionisio (der.)

Murió mi viejo y antiguo chamán Juan Dionisio, en San Miguel de Quibor, estado Lara. Albañil, curandero, partero, rezandero, y muchos otros misterios de sus facultades extraordinarias. Yo le decía El Afinador, pues volvía todos los tendones a su sitio llevándolos como ríos a su puesto y la sanación era inmediata.

Autor: Rafael Pompilio Santeliz

Muchas veces, por el estrés de entregas de trabajos académicos, iba tullido y tieso en su ayuda y salía nuevecito. Lo hacia, después que la ciencia y los medicamentos fracasaban. Así le decía a mi médico: «Yo sólo recurro a ti cuando mi brujo fracasa». Cuando me curaba el condenado viejo porno y juguetón le decía a mi pareja: «Te lo voy arreglar y esta noche te lo gozas» jiji reía.

Murió a los 97 años. Su nieta dice que más, pues en los campos se presentan los niños a los años. Yo le imaginaba el don de la eternidad, recordando a los cronistas de Indias que afirmaban que nuestros indios podían pasar de 150 años de vida. A esa edad caminaba hasta el pueblo diariamente, unos 12 kilómetros. Oía y veía perfecto. Sabía de la ubicación de la dolencia sólo con medio apretar la parte de la mano entre el índice y el pulgar. De allí iba guiando sus dedos al centro neurálgico. A veces salía una especie de bola que perseguía por el cuerpo y la aplastaba en la cabeza, con una tremenda risotada cuando terminaba. «Aquí ‘tá la vaina», y reía ante la satisfacción del paciente.

Conocí niños que habían salido de nacimiento con piernas como fideos, que no caminaban, y los hacía andar, según me contó una madre agradecida. Al preguntarle al chamán cómo lo hacía, me contestó que necesitaba el tuétano de un venado de cornamenta morada. Sólo de ese podía extraer la sustancia sanadora, que por fin consiguió. Los campesinos le llevaban animales maleados, chivos, puercos y sobre todo caballos, que curaba masajeándolos con graso y una tusa. Hasta en helicóptero se lo llevaron unos ricos a Valencia a curar caballos millonarios de carrera. Y esa era mi argumentación cuando me decían que lo mío con él era fe. Entonces contestaba: los caballos no tienen fe y Juan Dionisio los curaba.

Mientras atendía las dolencias, desarrollaba una especie de soliloquio que poco yo entendía. Sólo mi acompañante después me contaba. Hablaba de un cucarachero que le había sacado a una doña del cuerpo y que las botó por la boca. Uno de mis asombros fue cuando me contó muy preocupado que había avizorado la muerte del Comandante Chávez, porque el viejo era chavista y luego nicolacista. Me contó como los culpables fueron un hombre y una mujer, lo contagiaron fue por la boca, me decía apesadumbrado, para luego afirmar: «y yo desesperado, sin encontrar a algún amigo común que le avisara», afirmaba con mayor tristeza.

Igual sabía de rezos para proteger o salvar cosechas, muy buscado por ello por los campesinos de la zona. Una vez fue una aprendiz para adiestrarse con sus dones y no pudo. Me dijo: «¿Cómo enseño yo lo que nadie me ha enseñado?». Hacía pócimas, menjurges de yerbas que sólo él conocía. A algunos les recetaba y les vendía. En su casa tenía cactus para hacer plantillas de tuna España, y curar el espolón. Al concluir sus digitalizaciones sanadoras, aconsejaba no bañarse ese día. Odiaba a quien le llegara hediondo a alcohol. Una de sus preguntas frecuentes era: «¿Fue que se cayó, fue?», lo hacía para socializar. Había una gente de un jeep que lo sacaba por doquier a los tratamientos. Seguramente era su gallinita de los huevos de oro.

En mis visitas me llamaba la atención que le conocí como cuatro mujeres de campo, jóvenes ellas, que vivían con él. Me imaginé que sabían que el viejo ganaba su platica y lo chuleaban. Mas me asombré cuando, conversando con los niños que habitaban la casa, le decían «papá». Para mí era un misterio… ¿preñar a los 80 años y dele?

Construyó en su vida mas de 300 casas, y asi lo conocí, dateado por agricultores de café de Guárico y Lara. Muy pesaroso fui con dolencias, acompañado por el poeta Luis Torres. Lo encontré subido en una escalera, claveteando un techo. Mucha suspicacia cimarrona tenía el viejo. Yo ya sabía que era el que buscaba, pero igual le pregunté: “¿Usted es Juan Dionisio?” Y me dijo: «No». Pasaron como 15 minutos ignorándome. Al rato preguntó «¿Y para qué lo procura?»- Ahí le explique mi dolencia y quién me había remitido a él. Igual siguió como si nada, como si yo no existiera. Al tiempo bajó de la escalera y se fue solo por un pasadizo. El poeta me orientó: Sígalo. El viejo, sin hablar, haló una silla cerca de él y me senté. Agradecido por sanar mi vieja dolencia, le di un abrazo. Quizá en ese mundo de rudezas nadie o pocos le habían dado las caricias que la amistad necesita. Y ahí empezó una gran hermandad que duró como 40 años.

El viejo además era músico, violinista. Nunca pude oírlo. Lo frecuentaba llevándole pacientes: músicos, deportistas y amigos con viejos esguinces que salían muy agradecidos. Hasta al Gordo Páez llevé cuando andaba que casi no caminaba. Cuando nos extraviábamos, preguntábamos, y el pueblo siempre sabía donde encontrarlo. Era su venerable vigilado.

En los últimos tiempos iba con mucho temor de no encontrarlo. Ayer, 6 de septiembre de 2019, se cumplió mi presentimiento. Fui con mi camarada Alexander León. La casa estaba cerrada, cuando esta siempre estaba llena de gente esperando ser atendida. Nos abrió su nieta, y nos informo la infausta noticia. Murió de cáncer estomacal hace 10 días, nos dijo que lo cuidó por tres meses. En ese cuartico le guardé todas sus cosas.

Nadie vino al entierro. Pensé que iba a ser una procesión. Solo asistió una persona, de las miles que curó. Todavía debemos el cajón. ¿Y la plata que ganaba? Le pregunté. “Ahi están unas cajas llenas de billetes que ya no sirven”, fue la respuesta.

Y así murió mi amigo, mi respetado chamán. Viejo jodido, suspicaz y mañoso con los extraños y con los ricos que se atrevían a solicitar sus servicios sin buscar conocer al hermoso ser humano. A muchos los dejó plantados, por no respetar sus códigos. Yo lo disfruté abrazándolo, haciéndole cariños y jugándome con él como seguramente nadie lo hacía, por el respeto que irradiaba.

Muchas intrigas de su mundo mágico me quedan en la cabeza. Ese mundo de lo real-maravilloso donde ni la etiqueta ni el concepto sembrado son útiles para descifrar lo que no cabe en nuestras lógicas occidentales. La vida de estos extintos seres, llenos de misterios, quizás la genética, con el tiempo, pueda explicar algunos de esos atributos. Adeu, viejo amigo. Vete tranquilo. Le echaste bolas arrechamente.

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