Así analizó Clodovaldo Hernández el origen del Día de Reyes y por qué lo seguimos celebrando

Deploro iniciar enero con otra de esas actitudes académicas (intelectualoides, dicen algunos) que tanto exasperan a las personas que buenamente han puesto su fe en ciertas fechas. Hace unas semanas tuve que advertir que, según las más serias investigaciones, el Niño Jesús no nació el 25 de diciembre. Ahora me veo en la obligación de decirles que, de acuerdo a los entendidos, los tres reyes magos que llegaron del Oriente siguiendo la estrella de Belén no eran tres ni eran reyes ni eran magos ni venían de Oriente ni había ninguna estrella sirviéndoles de GPS.

Texto: Clodovaldo Hernández para CiudadCCS

¿Entonces, cómo es la vaina?, se preguntará usted si no es que ya antes se ha puesto a leer lo que dicen por ahí acerca de este asunto: que todo es una tremenda coba o, para no herir susceptibilidades, una leyenda que se ha ido forjando con el paso de los años y los siglos.

El punto de partida de esta creencia está en un pequeño recodo del Nuevo Testamento, el Evangelio según San Mateo, en el punto 2: 1-12. Leamos:

“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle’.

Al oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: ‘En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’.

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: ‘Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle’. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino”.

Como la Biblia tiene muchas versiones y traducciones, es necesario aclarar que en algunas de ellas no se habla de magos, sino de sabios e, incluso, de astrólogos, lo cual no es descabellado si se tiene en cuenta que venían guiándose por las estrellas. De hecho, en algunos lugares se celebra el 6 de enero como Día del Astrólogo.

Como sea, fue a partir de esas pocas frases de Mateo que se edificó un gigantesco relato que el historiador Vladimir Acosta (erudito en este y muchos otros asuntos sagrados y obscenos) no duda en calificar como el mito más bello del cristianismo.

Como tantos otros aspectos de la historia de Jesús, los ajustes narrativos no los hicieron los cristianos originarios, los de aquella iglesia perseguida que se reunía en catacumbas, sino los dirigentes de la Iglesia ya empoderada (dicho en el sentido de aliarse con el poder), cuando el imperio Romano decidió que era mejor unirse con aquella fuerza telúrica y hacerla parte del reparto del mundo.

La interpretación de lo escrito por Mateo se ajusta perfectamente a las necesidades de esa religión en expansión: los tres reyes eran dignatarios de otras regiones del mundo y, por extensión, de religiones diferentes. Al viajar tanta distancia para reverenciar a Jesús recién nacido estaban demostrando su disposición a abjurar de otras creencias y asumir la cristiana.

Dada la amplia licencia para añadir detalles, alguien decidió que sería buena idea que los reyes formasen una especie de equipo multirracial. Por eso, uno es blanco (presuntamente europeo), el otro es cobrizo (parece venir de India) y el otro es negro (sin duda, africano). Aquí también florecen las versiones más dispares porque hay quienes dicen que no eran solo tres, sino una banda de hasta 24 reyes.

Incluso en materia de nombres hay para largas polémicas. Los familiares Melchor, Gaspar y Baltasar son solo algunos de los muchos que se le han atribuido. Otros son: Teokeno, Mensor y Sair; Apelikón, Amerín y Damascón; y Magalath, Serakín y Galgalath. ¡Qué enredo!

Muchos años después, ya entre los siglos XVIII y XIX vivió una religiosa que reconstruyó el relato de los reyes magos a partir de su dones místicos. Fue la alemana Ana Catalina Emmerick, quien experimentaba visiones de los grandes acontecimientos de la historia de la Iglesia católica. Gozaba de mucha credibilidad porque ella era de esas personas que presentan estigmas (heridas sin causa aparente en las manos, costado y pies, como Cristo crucificado). Sus narraciones y descripciones tienen un nivel de detalle que solo podría haber alcanzado un privilegiado cronista que hubiese acompañado a los reyes desde el inicio de su viaje hasta su encuentro con la Virgen María, San José y el pequeño Jesús. Incluso, ofreció una vívida caracterización de la estrella de Belén, esa que los astrónomos dicen que no existió.

Las fuentes de Emmerick, beatificada por Juan Pablo II en 2004, carecen de validez para los historiadores, científicos e intelectuales, pero son más que satisfactorias para quienes le agregan al asunto el factor fe. Y, bueno, de eso se trata, a fin de cuentas, el Día de Reyes.

Habría que inventarlo

No solo por razones religiosas, sino también por cuestiones de ritmo de vida, el Día de Reyes es ya indispensable. Tanto que si no existiera habría que inventarlo.

Sin Día de Reyes, habría que comenzar las actividades laborales y escolares el 2 de enero, algo perfectamente posible en Japón o en Alemania, pero no por estos lados.

El 6 de enero feriado es el necesario estribo del puente navideño, la rampa para posarse suavemente en un mes de por sí duro de tragar, al que se llega extenuado del frenesí navideño y con los bolsillos vacíos.

Esos cinco días adicionales son un respiro para regresar de viaje y para asimilar que la realidad no es de paz y amor, como decimos en diciembre, sino la misma pela del año pasado.

Es como la octavita de la rumba navideña, una excusa para seguir bailando gaita o cantando aguinaldos y parrandas.

En épocas de bonanza, funciona como la segunda oportunidad para los regalos que se le olvidaron al Niño Jesús. Y siempre es la excusa para una visita navideña rezagada en la que –con algo de suerte– daremos o nos darán alguna hallaquita sobreviviente (ojo, cuidado como se puso piche) o, si se trata de gente con tradiciones europeas, uno de esos roscones o bolos rei, que traen escondida una figurita del Niño Jesús. Algunos, empeñados en alargar todavía más el puente, ponen una regla: al que le salga el chamito le toca pagar los tragos.

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