La casa lúdica del maestro Simón Rodríguez

Fue hallada en el año 2011, en el último estado de abandono y es hoy reconocida como uno de los espacios más “sabrosos para estar” del centro de Caracas. La rescató la Revolución.

Texto: Ciudad Caracas 

Desde el 2013, esta reliquia que aguantó tres terremotos, los de 1700, 1800 y 1900, funciona con todo y sus columnas (algunas fundacionales), su piso de la época, la gran pared original en el fondo, que cuentan fue hecha en su mezcla con “sangre de las bestias”, los cuentos de apariciones de las típicas construcciones antiguas, pero, sobre todo, con su gente.

La Casa de las Primeras Letras Simón Rodríguez es apenas uno de los “testigos silentes” históricos de una hilera de lugares que aparecen uno tras otro en la retícula, más abajito, en sentido sur, está la casa José Martí, luego el Panteón Nacional.

Es un lujo poder entrar a una casa (eran dos) que fue unida en matrimonio en 1774, por un arco que juntó los corredores. María Merced de Liendo y Plaza se casó con Martín José de Tovar Ibáñez, ella vivía en la casa 29 y él en la 31. Pese a la posterior separación de los enamorados, la casa se mantuvo en pie, así son los vestigios de las costumbres caraqueñas de la época.

Buen uso posterior se le da, con Simón Rodríguez a la cabeza de la vanguardia educativa venezolana, a finales de 1700, convirtiéndose en la Escuela Pública de Primeras Letras y Latinidad de Caracas. Según el recorrido guiado, usted se sitúa en el patio central y allí se imagina a un pequeño de nueve años, rebelde, llevado del brazo por su tío Carlos Palacios y encomendado al maestro Rodríguez. Ese niño era El Libertador.

Aunque por una época fue restaurante y de lo que se conserva un gran vitral en lo que es hoy la sala de lectura y biblioteca, quedan las paredes que guardan los momentos difíciles, pero lúdicos educativos, método transformador y robinsoniano empleado por el maestro y que hoy se reproducen en este recinto, como si las artes en la época de antaño cobraran vida.

No un bolero, sino 500

Desde la rampa del recibidor, se oye una voz aguda que rompe vidrios: “Han cambiado mi Caracas, compañero… poco a poco se me ha ido mi ciudad… la han llenado de bonitos rascacielos… y sus lindos techos rojos ya no están”. Un bolero de Billo Frómeta, de la época dorada caraqueña, que canta una señora de unos 70 años, jovencita del alma, a la par de la guitarra del maestro de Gerardo Sanz, y cinco más que le hacen el coro.

Ninguno se conoce, no se reúnen los mismos, hay quien pasa y se queda, hay a quienes los mueve la nostalgia y vuelven, pero sucede que, de martes a viernes, “Arte al mediodía” los junta para cantar o recordar a través de un cancionero de 500 letras.

Justo al frente, en donde está el vitral, puede pasar y sentarse, tomar un libro si gusta, pasar la tarde leyendo. Si se anima, un cafecito o una torta en el patio contiguo, en el Café Melosa. Todo se complementa.

La virtud de las artes de llevárselas bien en un mismo espacio, y de lo amable que es con el tiempo.

451 años (en julio) posee esta reliquia histórica que tiene la bondad de disfrazarlo a usted con los trajes de la época en el “Salón de época” y de darle una revista sobre la vestimenta descalza de nuestros valerosos bravos de Apure y los oficiales.

Al fondo está el Salón interactivo digital para jugar con el maestro Simón Rodríguez. Donde abundan los niños preguntones, tal y como le gustaba al maestro que fuesen.

Una casa de puertas abiertas para aprender y remover también esos recuerdos de otrora.

¿Por qué provoca ir a la Casa de las Primeras Letras?

1 Curiosidad por lo nuestro. Que lo que mantiene vivo el patrimonio, esta casa, por ejemplo, es la curiosidad por nuestra historia, para ello y cualquier duda dispone de la Sala de Época y las muestras originales que reconocen nuestra identidad caraqueña. Guiatura para escolares y adultos.

2 Un sitio para leer tranquilo. El pequeño salón de lectura contiene una pequeña biblioteca que abarca “de todo un poco”. La cultura general está a la orden del día junto a la poesía y la narrativa, impulsando la promoción de la lectura.

3 El sabor de la música de antaño. Lo habita un grupo de artistas de la época dorada caraqueña que en los años 50, 60 y 70 hicieron bailar a más de uno. Hoy reparten en un menú musical, los viernes desde las 4:00 pm, momentos de ópera, de zarzuela, boleros e interpretaciones latinoamericanas.
4 Confluyen todas las artes. El teatro está incluido en esta casa. Un grupo permanente de teatro le ofrece a usted miniteatro los días sábados en la mañana. Los más pequeños no pueden perderse de este disfrute en el Anfiteatro del recinto.

5 Un cine tertulia. Séptimo arte en la casa. La proyección de documentales y largometrajes por temática mensual es un aporte a los saberes. En este mes de cine comedia, puede acercarse todos los miércoles.

6 Académico, pero lúdico. Se dictan clases de canto y teatro, de inglés y francés. De oratoria y poesía. A esto se suma una sensibilización que tiene que ver con la historia de las esquinas de Caracas. Decía entonces Simón Rodríguez: “Enseñen y tendrán quien sepa; eduquen y tendrán quien haga”:

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