Reverón y Rengifo: héroes de la cultura, por Juan Antonio Calzadilla

Reveron-rengifoEl Panteón Nacional de Venezuela fue creado, como bien se sabe, por el «Ilustre americano» Antonio Guzmán Blanco en los años 70 del siglo XIX. Mucho se ha estudiado la función de operador político que supo conferir a la memoria patria el déspota liberal. Es él quien, a la vez mimético francófilo y pragmático ideólogo, consolida al Panteón como lugar de la más solemne pompa oficial, reconstruyendo la derruida iglesia de la Santísima Trinidad en torno a los restos del Libertador. Dándose como centro al padre de la Patria, Guzmán Blanco propició el ingreso al sacralizado recinto, junto a sus primeros moradores, a su propio padre, Antonio Leocadio Guzmán, convertido por decreto en prócer de la Independencia.

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Sabido es que la función de sacralización (que tuvieron como arte del poder la Iglesia y el Estado en nuestra cultura) debe su potencia a una ambigüedad medular que la convierte en bisagra de la afirmación simultánea del poder dominante y la concesión al culto popular, generando una suerte de consenso simbólico y afectivo. Tal operación tiene casos notables en la consagración religiosa de los sincretismos que asimilaron los ritos solares ancestrales a la Natividad, o los arcaicos cultos de la diosa madre a la Asunción. Pese al compromiso simbólico-político, es el poder dominante quien guarda las llaves del templo, vigila sus puertas y dicta sus ritos.

¿De qué no se ha acusado a la Revolución Bolivariana? Cada renglón de la vida discursiva tiene su especialista en detracción. Así, los historiadores y académicos del antiguo régimen, ya no amos de las llaves y de los archivos, enjuician a los gobiernos de la era chavista por haber manipulado y reescrito la historia. Lo que no le perdonan es que una clase de extracción y vocación popular tenga ahora en sus manos el poder de consagración simbólica. Así, los gobiernos bolivarianos han abierto las puertas del Panteón a pobladores en otro tiempo inadmisibles.

No se han cansado de mofarse, los historiadores del fin de la historia, del ingreso del pueblo simbólico al lugar de los hé- roes: ellos jamás hubieran permitido acceso a las arenas requemadas de Paita como el alma inmaterial de Manuela Sáenz; o a la vasija indígena como cuerpo afectivo de Guaicaipuro; o al cuchillo recobrado de Negro Primero como el brazo inmortalizable del pueblo libertador. Han ido más lejos en su propia manipulación arqueológica intentando «humanizar» o «desmitificar» al mismo Bolívar, de quien alguien entre ellos llegó a decir que era equiparable, en su rol histórico, a Rómulo Betancourt.

Cada espíritu está habitado por sus dioses. Cada clase social, cada bloque hegemónico, tiene su historia y la faena de no olvidarla. La historia es legible según el dueño del ojo que la mire. Lo que ha cambiado, y que irrita hasta el escozor a la vieja cultura, es la perspectiva arqueológica de la historia misma como reestratificación de la memoria y simbología del espí- ritu nacional, bajo la estrategia de un poder democrático extendido, incluyente, masivo y redistributivo. Ya no pueden cegarnos imponiéndonos su mirada y su estudiada disposición de los olvidos.

¿Qué dirán ahora los sarcásticos y maliciosos portavoces del antiguo régimen puntofijista, los añorantes del clasicismo adeco, sobre el ingreso al Panteón de Armando Reverón y César Rengifo como hé- roes de la cultura venezolana? Ellos, que son cofrades en casta y ánimo de quienes han hecho fortuna revendiendo a Reverón en Nueva York o cotizando a Rengifo por lo alto en las subastas. ¿Cuál será esta vez su sorna y su desprecio ante un pueblo con el poder de colocar en su más alto pedestal a dos figuras que ya encarnan cultos populares?

Reverón era loco. Rengifo era comunista. Ambos epítetos son estigmas (que no impiden lucrarse con su compra-venta) dentro de los paradigmas burgueses. ¿Se animarán a hacer algún nuevo chiste maligno como esos que ennegrecen su bilis cada día en todos los medios de su esfera? ¿O, simplemente, tal como hacen cada vez que el gobierno revolucionario realiza una obra justa, beneficiosa, necesaria, indiscutible, guardarán el más estricto y unísono silencio? En cualquier caso, siempre ofenderá a su buen gusto el hecho de que un pueblo ejerza la función simbólico-política de consagrar a sus héroes.

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