Padre César que estás en el pueblo: El discurso que Rafael Salazar dedicó a Rengifo

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El músico e investigador Rafael Salazar expresó que el legado del dramaturgo César Rengifo, cuyos restos físicos reposan desde este martes en el Panteón Nacional, está más vivo que nunca en la memoria del pueblo venezolano. “Gracias César por devolvernos el optimismo, hoy más que nunca estás vivo en la consciencia del pueblo”, dijo Salazar en su discurso de entrada en el Panteón Nacional, lugar donde también fueron ingresados los restos del pintor Armando Reverón.

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En un discurso ofrecido con motivo del acto de recibimiento de estos artistas al Panteón, resaltó que Rengifo se convirtió en un gran crítico social, hombre reflexivo, que luchó por la libertad y la democracia a través de las letras y la dramaturgia. “Padre César que estás en el pueblo, hoy conocerás la siembra de tu luz”, reflexionó el músico.

Recordó que cuando fue sembrado en el cementerio lo hicieron con la canción de Alí Primera “Al pueblo lo que es del césar”, acompañado por su familia y “un mar de pueblo” que le rendía tributo junto a su familia. “Finalmente César estarán contigo (en el Panteón) Negro Primero y todos los héroes anónimos de la Batalla de Carabobo”, resaltó Salazar.

A continuación, el discurso completo

Hoy 10 de mayo de 2016 conocerás con asombro la siembra de tu luz eterna, donde reposan nuestros héroes por sus glorias y grandezas.

Y sabiendo de tus virtudes de hombre sencillo, pleno de humor en vivencias compartidas, dirás: “¡Por favor, no me echen esa broma porque no soy ni héroe ni Santo!” Y luego, te reirás con esa mueca tuya cómplice que revela la justeza de tus propias convicciones.

Sí, César; aunque no fuese tu deseo, tú estarás en la antigua Iglesia de la Santísima Trinidad, convertida en Panteón Nacional por decreto de Guzmán Blanco en el año 1874. Sólo se trata, César, de un hecho simbólico y de nobleza por la justa distinción que te ha hecho el Gobierno Bolivariano, gracias al Presidente Nicolás Maduro Moros.

Pero al lado de este reconocimiento oficial, ya tú estabas en el Panteón del Pueblo, sitial al que sólo entran los hombres y mujeres consecuentes con sus ideales de libertad, con sus luchas por una sociedad justa a favor de los humildes y con sus obras de creación artística que constituyen las bases de nuestra espiritualidad.

Es bien conocida tu trayectoria como dramaturgo de saberes patrios, de pintor realista sobre el drama humano de los desposeídos, y también de la esperanza de niños, hombres y mujeres que sueñan con un mejor destino. Pero también sabemos que tu nombre querrán apropiárselo los oropeles y el minué de las oligarquías, para que tu ejemplo y tu memoria se desdibujen del corazón del pueblo y formes parte de los halagos de quienes combatiste por su condición de explotadores, los desalmados de la historia, los mismos que crearon a los excluidos, a “los condenados de la tierra”, en un mundo de miseria y de vergüenza. Y son los mismos que cuando Bolívar dijo Patria, gritaron “Viva la monarquía”; los mismos que ante nuestra dependencia de poderes trasnacionales tuvieron una postura genuflexa que condujo a un país estéril, de campos yermos y cerros en el olvido.

Cuídate César de esa burguesía, apátrida y desalmada, que ahora te alabará sólo por conveniencia. Pero “recuerda que hay honores que matan a los muertos que viven” como tú, porque estarás vivo por siempre en el ideal del pueblo que nunca perece. Pero no temas, César, que al Panteón Nacional no entrarás solo. Te acompañan tus personajes de siempre: Apacuana, Chicuramay y Cuaricurián, defendiendo a los mariches, el último bastión de resistencia indígena en el Valle de los Caracas, con Guaicaipuro al frente y con su hijo Baruta peleando por su libertad.

Y estará Carayú, el sabio chamán de Los Caracas, en el valle de Los Catuches, quien fue desterrado en soledad porque predijo que para vencer a los invasores de rostro pálido, no bastaba con la valentía de una tribu, sino la unión de todas por la libertad de la tierra mancillada.

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El digno ejemplo de Joaquina Sánchez estará contigo, aquella heroína que prefirió ocho años de cárcel antes que delatar a José María España, su marido, el jefe y mártir de la rebelión patriota a finales del siglo XVIII contra el Imperio español.

Y sonarán, entre tantos ritmos mestizos, los tambores de los negros de Barlovento, “los hombres de los cantos amargos” invocando a Changó para que su lucha no fuese estéril y pudiesen romper las cadenas de la esclavitud. Y el esclavo Manuelote quien, gracias a tu pluma, decidió ir a la guerra tras la huella de Bolívar porque descubrió en los ojos de El Libertador el verdadero brillo de la igualdad. Y desde Mérida te invocará María Rosario Navas, la madre subversiva orgullosa de su hijo rebelde que al ser condenada a muerte en los sucesos de 1817 supo defender con heroísmo la causa de los patriotas. Y cabalga contigo Brusca “La Rompefuegos”, la guerrillera invencible de la Guerra Federal que avivó una tempestad en los caminos por una Patria de iguales, porque Zamora, el General del Pueblo, era voz y llamarada al proclamar “Tierra y hombres libres”.

Y finalmente César; estarán contigo Negro Primero y todos los combatientes anónimos que sembraron el espíritu de Carabobo, de donde surgió una generosa espiga florecida desde el pueblo, porque solamente ellos te cubrirán de gloria mientras exista un vendaval de voluntades que entonen la canción de la Patria soberana.

No te imaginas, César, a los treinta y cinco años de tu despedida y a los ciento un años de tu luz, cómo tu obra teatral felizmente permanece ajena a los teatros de la burguesía, pero está viva en las escuelas públicas, en los grupos teatrales de barrio, en los sectores campesinos, por el amor a la Patria y sus valores de espiritualidad plena, con las lecciones de dignidad y de fe por lo nuestro, y lo más hermoso, de compromiso universal por la redención del hombre nuevo, definitivo.

De ese lugar, César, del corazón del pueblo, nadie podrá borrar tu memoria, porque fuiste verdad y conciencia del saber colectivo, y noble en tu lucha que enriqueció el espíritu del combate antiimperialista.

César, en el país en que hoy vivimos, gracias al pueblo hecho conciencia, se ha propiciado un cambio aún en ciernes. Otros vientos de justicia social se respiran en la Patria: en la educación y salud para todos, en viviendas dignas y en el reconocimiento del ser humano como sujeto de conciencia y de vida plena. Pero ello no ha sido fácil. Los poderes fácticos, los de siempre, los de la oligarquía sometida al capital imperial, han inoculado divisiones sociales para impedir cualquier resquicio de justicia, que procure la equidad entre el trabajo creador y el gran capital, ése que no cede parte de sus ganancias vergonzosas al verdadero hacedor de la riqueza: El Pueblo.

Pero igualmente, César, entre los sectores propiciadores del cambio, se han infiltrado los antivalores del capital y entonces, escudándose en los nobles principios del socialismo, han traicionado sus conciencias para enriquecerse a costa del trabajo creador en complicidad con los “amos del Valle”, creando indignación por tales prácticas.

Afortunadamente, César, son la minoría, pero hacen mucho daño porque crean en el pueblo desconfianza y desasosiego.

Que gran verdad nos dejaste en tus obras teatrales dedicadas al petróleo, cuando vislumbraste los conflictos venideros que actualmente sufre tu país, nuestro país, acechado desde adentro y desde afuera, porque la codicia imperial quiere apropiarse de nuestro bien material más preciado: el “oro negro”, el “excremento del diablo”. Ese mar negro que hoy representa la mayor riqueza material del mundo nos tiene divididos en cuanto al reparto de sus beneficios. Y tú, como buen maestro de formación marxista sabes que la estructura económica de un país determina la superestructura, bien sea por las ideas que justifican la explotación de pocos sobre muchos, o bien por la liberación forjadora de una conciencia colectiva, y de un Estado soberano formador de un ser social, con instituciones sólidas y democráticas a favor de un pueblo en permanente rebeldía.

Recuerdo, César, que cuando apenas era un adolescente te acompañaba para llevar tu teatro de conciencia a las escuelas populares, a las fábricas, a los barrios y a los cuarteles, y dejar una semilla de amor por nuestra historia, por la resurrección de una Venezuela humillada y despojada de sus riquezas y lo que es más grave, sometida al olvido y ausente de identidades.

Por último César, aunque todavía no puedas descansar en paz porque la justicia aún no ha alcanzado su plenitud, no temas, que nuestro pueblo estará presto para seguir luchando como lo hizo al lado de Guaicaipuro, de José Leonardo Chirinos, de Miranda, de Bolívar, de Sucre, de Zamora y de Hugo Chávez, aquel anónimo cadete que tantas veces supo de ti, interpretando en La Academia Militar algunos de los personajes de tu dramaturgia nacionalista y que luego, en su madurez, se nutrió de las raíces de nuestros libertadores para abrazar la utopía de la igualdad.

César, cuando llegue ese día, el del “mundo dorado” como dijera Cervantes, con su brillo de igualdad, estará tu “Fausto” arrepentido, converso en un colectivo de conciencia, entonces tu estarás glorificado aquí en la tierra, custodiado por los ángeles guardianes del pueblo, por una sociedad de iguales, culta, y virtuosa, al lado de los intelectuales verdaderos, los que han de estar por siempre al servicio de las causas populares.

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César, cuando te sembramos allá en el Cementerio del Este caraqueño, el dos de noviembre de 1980, en presencia de tu hermosa y noble familia, Ángela, tu eterna compañera, Diana y Flérida, tus hijas, estuvimos también tus hijos espirituales, y un mar de pueblo rindiéndote tributo bajo una lluvia de claveles rojos. Y cuando volvías a la tierra que te vio nacer, entre lágrimas y silencio, el canto de Alí Primera te llenó de regocijo con los sonidos gloriosos de “La Internacional” y con su canción “Al pueblo lo que es de César” que este cantor te dedicara por la nobleza de tu lucha al lado de los desposeídos. De pronto: un grillo se posó sobre tu lecho como señal de despedida. En ese momento recordamos que ese animalito aparentemente insignificante fue para los antiguos egipcios un símbolo de la inmortalidad. Y ése eres tú, mi amado padre, un ser inmortal porque te hiciste eterno en el alma del pueblo, donde se halla el verdadero sentir de la justicia y de la humanidad entera.

Cuántas soledades te habrás llevado con tus sueños inconclusos. “Aquel viejo y roto violín” del poeta León Felipe, el de la España martirizada, fue plasmado en tu lienzo “Su música interior”, donde apareces con tu rostro adolescente tocando un violín sin cuerdas, con una ramita reverdecida que servía de arco, para que los sonidos de tu alma pura se convirtieran en la esperanza de todo un pueblo creador.

Sólo una vez le brindé una flor a tu lecho silencioso, pero mi corazón ha estado siempre florecido con tu nombre y tu memoria, que prodigan el amor verdadero.
Ahora sobre tu Patria amada, inmersa en turbulencias pasajeras, se vuelcan los intereses mezquinos de los grandes capitales, pero estás tú César, con tu ejemplo, con tu grandeza, para guiarnos como siempre a construir el camino soñado por tus ideales.

Gracias César por devolvernos el optimismo; hoy más que nunca tú estás vivo en la conciencia del pueblo.

Gloria a César y honor a su memoria.

¡Venceremos!
Rafael Salazar
Caracas, 10 de mayo de 2016

(Agradecimientos a Iván Pérez Rossi por enviar el texto)



 

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