“Cubagua”, la reescritura de una ficción que se anticipó a la realidad del neocolonialismo

20 mayo, 2015

Enrique-Bernardo-NúñezLa crítica al neocolonialismo y los intereses de clase como paradigma hegemónico es el tema de la novela histórica Cubagua (1931), del escritor venezolano Enrique Bernardo Núñez, nacido en Caracas el 20 de mayo de 1895, quien a través de la prosa vanguardista relacionó en dicha obra los extremos temporales de conquista y modernidad para resaltar un rasgo de la sociedad venezolana que sería reafirmado años después con el auge petrolero, representado por la burguesía y su ser social.

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AVN (Pedro Ibáñez)

Reescrita durante 36 años, Cubagua desarrolla su acción en dos tiempos, el siglo XVI y el año 1925, cuando Núñez ejerció el cargo de secretario general de gobierno de Nueva Esparta y tuvo acceso a la crónica Recopilación historial de Venezuela, escrita por el fray Pedro de Aguado, en la que es narrada la historia de la isla de Cubagua, territorio de 24 kilómetros cuadrados al noreste de Venezuela, integrada a la entidad insular junto con la isla de Coche.

Con una base mítica e histórica, Núñez retrata tanto a la sociedad de finales de la década de 1920 (dictadura de Juan Vicente Gómez), caracterizada por el burocratismo, el capital extranjero y la oligarquía en decadencia, como al tronco originario que la funda y su ambición perlífera en la desaparecida ciudad de Nueva Cádiz, planos temporales que en un punto de la narración, confluyen, como lo expresa la frase final: “Todo estaba como hace cuatrocientos años”.

El protagonista de la historia es Ramón Leiziaga, ingeniero que obtuvo su título en Harvard alentado por su padre, quien trabaja para el Ministerio de Fomento y le es encomendada una inspección de perlas en la isla de Cubagua, abalorios de los cuales se apropia y luego pierde, lo que conlleva a su fuga embarcado a bordo de El Faraute hacia el Orinoco, donde “hay algo más que oro, y lo creo”, dice una voz al final.

Un “progreso a la fuerza” y la perspectiva de riqueza es lo que motiva a los personajes, tanto en 1925, como en el siglo XVI, a reafirmar su proceder hegemónico, llegando a constituirse como “personajes-espejo”, narrados desde la subalternidad y que obran únicamente por la explotación ilegal de las perlas.

La clase dominante es representada por sus intereses asociados al capital extranjero (Henry Stakelun, gerente de una compañía norteamericana), acompañado por quienes simbolizan al poder civil (el juez Figueiras y el doctor Almozas) y el poder militar (el coronel Rojas).

Los pobladores son representados por su vínculo en el usufructo de las perlas, Selim Hobuac, el contrabandista, el avaro comerciante Pedro Cálice, —traficante de esclavos en el siglo XVI—, Martín Malavé, descendiente indígena víctima de la explotación; Nila, quien representa a la naturaleza auténtica, pero transculturizada e inasible y fray Dionisio, su tutor, quien en su empatía con los pueblos indígenas, simboliza al tiempo. “¿Has comprendido, Leiziaga, todo lo que ha pasado aquí?”.

Sobre Leiziaga, “su alegría es apenas comparable al disimulo de Colón cuando vio allí mismo las indias adornadas de perlas”, dice en los primeros párrafos del capítulo II, “El secreto de la tierra”, título con el cual el autor sugiere lo que, años después, sustituiría a los placeres perlíferos: “¿Hay petróleo? (…) De una vez podría realizar su gran sueño. En breve la isleta estaría llena de gente arrastrada por la magia del aceite. Factorías, torres, grúas enormes, taladros y depósitos grises”.

Se escenifica lo mismo que ocurrió 400 años antes en Nueva Cádiz, relato narrado a Leiziaga por parte de fray Dionisio, quien refiere la llegada a la isla de Luigi de Lampognano —alter ego del protagonista— y los hechos que involucraron a Antonio Flores, Pedro de Cálice, Antonio Cedeño, Diego de Ordaz, Andrés de Villacorta y otros conquistadores y a la vez “personajes-espejo” que se enfrentaron a los indígenas antes de que la ciudad fuera asediada por tormentas y terremotos. “Los mismos nombres. ¿Y si fueran, en efecto, los mismos?”, piensa Leiziaga.

En su atmósfera mítica, narra el encuentro entre la deidad Vochi y Amalivaca, creadores de los hombres que además “engendraron hijos en las hijas de los hombres”, y que al final uno de ellos es testigo de que “El mar oculta países y hombres ignorados (…) Los vio por primera vez a través de un bosque. Vestían horribles armaduras. Eran sucios, groseros y malvados”.

En tal sentido, en esta novela el autor resalta la fuerza neocolonial, “para desenmascarar, de manera oblicua, los efectos que tendría sobre la nación la nueva articulación hegemónica entre burocracia dictatorial, estamento profesional y empresas extranjeras”, como explica el texto de Alejandro Bruzual, preliminar a la más reciente edición de Cubagua (2014) publicada por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg).

Esta edición crítico-genética incluye los ajustes hechos por el autor sobre la historia durante casi cuatro décadas, entre manuscritos y ediciones (1931, 1935, 1947, 1955, 1959), “de igual modo que a veces nos viene el deseo de hacer una nueva versión de la vida”, como lo expresa en Bajo el samán (1963), para referirse a esta obra escrita entre Bogotá, La Habana y Panamá, luego de la idea inicial surgida en Nueva Esparta y que se culminó con la publicación en Francia, en 1931 (mismo año que Doña Bárbara y Las lanzas coloradas) con la editorial Le Livre Libre, de la cual sólo 60 ejemplares llegaron a Venezuela.

Enrique Bernardo Núñez, nacido hace 120 años, falleció el 1 de octubre de 1964, fue periodista de El Universal, El Heraldo, El Nuevo Diario y director de El Heraldo de Margarita. Cumplió funciones diplomáticas en Colombia, Cuba, Panamá, Estados Unidos y fue cronista de Caracas.

También es autor de Sol interior (1918), Después de Ayacucho (1920), La galera de Tiberio (1932), Signos en el tiempo (1939), El hombre de la levita gris (1943), Arístides Rojas, anticuario del Nuevo Mundo (1944), La ciudad de los techos rojos (1947) y Viaje por el país de las máquinas (1954).

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