Chavismo, amor propio y goce popular

orlando-monteleone-seguimos-siendo-chc3a1vezArtículo de opinión del sociólogo y ministro del Poder Popular para la Cultura, Reinaldo Iturriza. Dice en parte: “Aprendamos a desconfiar de una fuerza política que, para prevalecer, ataca directamente nuestra potencia de actuar, para entristecernos, para desmoralizarnos, para desmovilizarnos. Para que dejemos de creer en nuestras fuerzas. Igualmente, desconfiar de una fuerza política incapaz de asumir la responsabilidad de nada, mucho menos de los ominosos actos de violencia que ha perpetrado, pero que llega al extremo de asegurar, por ejemplo, que la violencia criminal es alentada por el ‘régimen’ como método de control social. Así es el antichavismo: tan capaz de todo y tan impotente al mismo tiempo”.

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Texto: Reinaldo Iturriza

1. El pecado capital es la gula, no el comer. Y sin embargo, quienes se han saciado históricamente quieren hacernos creer que es un pecado que la mayoría coma, y coma bien.

2. El chavismo dignificó el acto de comer al conquistarlo como derecho haciendo la cola para votar. Desde entonces dejó de ser una “necesidad básica” para convertirse en un acto político. El antichavismo trata de convertirlo en un acto que exige una humillación previa, la que se experimenta en la cola para comprar. El objetivo es claro: despolitizar el acto, apelando a la feroz competencia.

3. Refiriéndose a la economía política, escribía Marx en 1844, en sus Manuscritos: “Hemos aceptado su terminología y sus leyes”. Partiendo de sus “presupuestos”, “con sus mismas palabras”, Marx descubrió la explotación y demostró que tal fenómeno es lo que define al capitalismo. Ciento cincuenta años después, jugando su mismo juego, con sus propias reglas, el chavismo le propinó una derrota histórica al statu quo fundado en el pacto de élites de 1958. Entonces, descubrimos la democracia participativa y protagónica y demostramos que lo que siempre se llamó democracia no era más que su remedo.

4. Para los dolientes de la vieja partidocracia, la revolución bolivariana ha quedado reducida a un gobierno corrupto, ineficiente e ilegítimo, en ese orden. Parte del antichavismo, incluido el que reclama para sí el derecho a no alinearse políticamente, manifiesta que la revolución bolivariana es un proyecto fracasado, que acabó reproduciendo la corrupción, la ineficiencia y la ilegitimidad de la “democracia” de Punto Fijo. Si para los primeros todo pasado fue mejor, para los segundos el presente ha terminado siendo peor que el pasado.

5. Sépanlo bien (y que no se nos olvide): con sus maravillas y sus pesadillas, este presente es nuestro. La revolución bolivariana multiplicó hasta el infinito nuestra potencia de actuar como pueblo que lucha por su liberación, por la democracia, por el socialismo, que no es la libertad de unos pocos, que no es poca cosa; que no es el ejercicio de mi libertad sin importar la suerte del otro.

6. Aprendamos a desconfiar de una fuerza política que, para prevalecer, ataca directamente nuestra potencia de actuar, para entristecernos, para desmoralizarnos, para desmovilizarnos. Para que dejemos de creer en nuestras fuerzas. Igualmente, desconfiar de una fuerza política incapaz de asumir la responsabilidad de nada, mucho menos de los ominosos actos de violencia que ha perpetrado, pero que llega al extremo de asegurar, por ejemplo, que la violencia criminal es alentada por el “régimen” como método de control social. Así es el antichavismo: tan capaz de todo y tan impotente al mismo tiempo.

7. El chavismo no se define por la corrupción ni por la ineficiencia. Al contrario, estos fenómenos obstaculizan una y otra vez la concreción del proyecto histórico que él encarna. Allí radica la legitimidad de origen de un proyecto que reivindica, y jamás ha disimulado, su carácter nacional, popular y revolucionario. Identificar al chavismo con la corrupción y la ineficiencia, y negar deliberadamente la naturaleza transformadora de su proyecto, y el hecho decisivo de que millones de personas están luchando hoy porque ese proyecto se haga realidad, es algo que se elige. No es una fatalidad.

8. Lo anterior no quiere decir que el chavismo sea bueno y el antichavismo malo. Son fuerzas políticas de distinta naturaleza. Esto es lo que niega de manera sistemática el antichavismo, que además disimula su propia naturaleza. Tampoco quiere decir que el proyecto histórico del chavismo no pueda desdibujarse y que eventualmente puedan imponerse interpretaciones a conveniencia. Por último, tampoco nos libra de la responsabilidad de transmitir con eficacia nuestras ideas y aspiraciones.

9. Ya que estamos, creer que se puede posponer la construcción del socialismo para el tiempo en que se hubiere resuelto el problema de la producción, es no sólo un falso problema, sino un equívoco que puede hacernos desperdiciar una oportunidad histórica como no tuvimos nunca antes. El socialismo hay que producirlo, compatriotas.

10. Habrá que insistir en el hecho decisivo de que el chavismo tiene su origen en un acto de responsabilidad. Y es que hay una cierta ética del chavismo, una ética de raíz robinsoniana. En efecto, Simón Rodríguez distingue entre “el amor propio inmoderado”, que “constituye el egoísmo”, y “el amor propio moderado”, que “es la fuente de la sociabilidad”. En palabras de Juan Antonio Calzadilla Arreaza, y refiriéndose a Simón Rodríguez: “A diferencia de los moralismos ‘duros’, no plantea suprimir o erradicar o amarrar el amor propio, sino que hace una distinción dentro de él: el amor propio tiene dos fases, o dos ‘temples’, o dos vías de desarrollo: una determinada por la inmoderación, que lleva a la vanidad, la envidia, la avaricia; otra determinada por la moderación, que constituye el orgullo, la emulación, la ambición”.

11. Cualquiera que haya sido parte del proceso de subjetivación del chavismo (de su proceso de constitución en sujeto político) entiende a cabalidad la importancia del “orgullo”, de la progresiva recuperación de dignidad que va aparejada al protagonismo político que comienzan a ejercer las clases populares, que a su vez produce o promueve la “ambición” por el cambio revolucionario, todo lo cual va configurando una suerte de círculo virtuoso de la política chavista. (El antichavismo concluirá demasiado pronto que allí donde se expresa “el amor propio moderado” del chavismo, no hay otra cosa que resentimiento y odio de clase). Y todavía no nos hemos detenido a analizar las consecuencias que trae consigo el predominio de estas “virtudes sociales” en los estilos de militancia chavista, que chocan abiertamente con los usos y costumbres de la izquierda más tradicional, mucho más proclive al ascetismo, o a eso que Calzadilla Arreaza califica de “moralismo duro”.

12. Estos asuntos hay que tenerlos muy en cuenta cuando nos disponemos a pensar sobre la relación entre chavismo y consumo. La consigna temprana: “Con hambre y desempleo, con Chávez me resteo”, no puede interpretarse como una declaración de resignación. Se trata de absolutamente todo lo contrario: es una declaración de lealtad política, aún en las peores circunstancias. Lo que Chávez representaba entonces era justamente la posibilidad de sobreponerse a lo peor, la posibilidad recién descubierta por el pueblo de cambiarlo todo.

13. El chavismo no lucha por tener cualquier trabajo que le permita matar el hambre. El chavismo lucha por un “buen” trabajo para comer “bien”. ¿Tiene o no tiene derecho? Digamos que el chavismo no se conforma con sobrevivir. ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Por qué no plantearnos más bien acabar con los privilegios de unos pocos?

14. Con el chavismo ocurre lo que, de acuerdo al pintor argentino Daniel Santoro, ya aconteció con el peronismo: la “democratización del goce”. Afirma Santoro: “Forzar el goce democrático es una de las afrentas más grandes que se pueda hacer al sistema capitalista en su conjunto. Es una bomba de profundidad en su núcleo, porque no se está renunciando al goce”. “El capitalismo no está pensado para el goce democrático”.

15. Existe un “fantasma neurótico del goce”, sigue Daniel Santoro, citando a Lacan. “Por ejemplo, cuando uno ve a un negro gozando en un lugar espectacular, en un lugar que sería para ricos, queda afectado por el fantasma neurótico del goce. ‘Este negro está gozando de algo de lo que yo debería gozar. Yo no puedo ser feliz porque este negro es feliz. Este negro debería dejar de ser feliz para que yo pueda empezar a serlo…’. Es un fantasma que especialmente lo despierta el peronismo. El peronismo es especialista en ubicar a un negro gozando al lado de un blanco que no lo quiere ver gozar. Por eso Eva Perón pone los hoteles sindicales en el centro de Mar del Plata”. Se diría: por eso el comandante Chávez construye edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela en plena Avenida Bolívar de Caracas.

16. Ciertamente, no hay chavismo sin “democratización del goce”, sin la voluntad de subvertir el statu quo que lo relega a ciertos espacios, que pretende limitar su capacidad de goce a través del consumo, etc. Y en este plano, en esta línea de fuerza, se expresan algunas de las más agudas tensiones del proceso bolivariano.

17. A primera vista, la “democratización del goce” chavista no ha implicado una significativa reducción de los privilegios de las clases medias y altas, la inmensa mayoría de las cuales constituyen, como es sabido, la base social del antichavismo. Antes al contrario, esta “democratización del goce” se ha producido en un contexto de aumento de la capacidad de consumo de la sociedad en su conjunto. Este hecho, en lugar de apaciguar, ha acentuado lo que es una clara tendencia en el antichavismo: “el amor propio inmoderado”. Negado a reconocer cualquier relación causal entre su creciente capacidad de consumo y la acción gubernamental, el antichavismo atribuye tal circunstancia al esfuerzo propio, y antes que asumirlo como el ejercicio de un derecho (económico), lo entiende como un privilegio que bien ha sabido ganarse y que tiene derecho a ostentar (“vanidad”). En un contexto tal, cualquiera de las muchas demostraciones de “democratización del goce” chavistas son interpretadas por el antichavismo como serias amenazas a sus privilegios de clase. La “envidia” mata la vida en sociedad (la “sociabilidad” de Simón Rodríguez), y en Venezuela moviliza políticamente a los privilegiados.

18. No es difícil advertir que buena parte del malestar antichavista por los privilegios (verdaderos o falsos) de individuos o grupos vinculados al chavismo, obedece al convencimiento de que estos últimos no han reunido ningún mérito para acceder a aquellos. En ningún momento se cuestiona el privilegio. Se censura, sí, al chavismo que lo usurpa.

19. La guerra económica es la empresa que llevan adelante los poderes fácticos vinculados al antichavismo para que, alterando o reduciendo la capacidad de consumo de toda la población (inflación, especulación, acaparamiento, contrabando de extracción), se revierta el proceso de “democratización del goce” chavista, y aumente la animosidad de la base social del antichavismo, que ve afectados seriamente sus privilegios, esta vez sí como consecuencia de la acción gubernamental (divisas).

20. Pero debemos detenernos a evaluar las posibles implicaciones de esta reversión del proceso de “democratización del goce” chavista. Aquí está una de las claves de este momento histórico. El antichavismo seguirá intentando sacar el mayor provecho de un fenómeno natural en las revoluciones: el desclasamiento (fenómeno que no por natural hay que dejar de explicar). Es decir, intentará concentrarse en esa porción del chavismo próximo a la delgada línea que separa “el amor propio moderado” del “inmoderado”. Seguirá trabajando para trocar “orgullo” por “vanidad”, “ambición” por “avaricia”. Seguirá intentando engrosar las filas del “egoísmo”, destruyendo la “sociabilidad” que ha venido construyendo la revolución bolivariana. Es relativamente sencillo concluir que, contra la tendencia del antichavismo a manifestar su “envidia” del goce popular, lo que corresponde es la “emulación” del comandante Chávez, principal referente ético de la revolución bolivariana, y con quien aprendimos a sobreponernos a las circunstancias más adversas. Pero no es suficiente. Nos toca además resolver colectivamente el problema de cómo hacerlo.

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