El Caimán de Sanare: Un legado de cuentos, historias mágicas y fabulación

1La valla no la han quitado. “Aquí vive El Caimán de Sanare”, destaca el anuncio ilustrado con la figura de un caimán con un diminuto sombrero en la cabeza, que permenece en la entrada del pueblo de Sanare, la capital del municipio Andrés Eloy Blanco del estado Lara, situado a 75 kilómetros de Barquisimeto. El letrero se encuentra al frente del acceso a la casa, donde vivió por muchos años El Caimán, juglar, contador de cuentos y de mágicas historias, cultivador de un patrimonio oral y legado de toda una rica fábula campesina venezolana, que nos dejó tras su partida física el 27 de septiembre de 2010.

Texto: AVN (Felix Gutiérrez)

Cada vez que pasamos por el frente de su antigua vivienda, cuando llegamos a Sanare, y volvemos a ver la valla, suspiramos de emoción. Una extraña sensación de vida se apodera del ambiente cuando bajamos por las largas y angostas escaleras que conducen a lo que era su casa.

Esta sensación se prolonga cuando se abre la puerta de su antigua vivienda y por un juego de la imaginación, vuelve aparecer al frente de nosotros con su enorme sombrero, su descomunal sonrisa, su abrigo de múltiples colores y el inseparable cuatro en sus manos.

Un muchacho alegre, gritón y juguetón

-(P) ¿Por qué le dicen El Caimán?

-(R) Mi nombre verdadero es José Alberto Castillo. Lo del Caimán vino después. Ese nombre me lo pusieron en un corte de papa en Monte Carmelo. Me pusieron caimán por una papa de a kilo que me comí. Al principio no me gustaba que porque yo veía el caimán muy “jocicón”. Luego de tanto decirme así me gustó y así me quedé.

Recuerda El Caimán que esto ocurrió en una de las decenas de caseríos de Andrés Eloy Blanco, donde trabajó como hombre de campo. Nació el 3 de enero de 1937, en Las Rositas, sector campesino de este municipio que se caracteriza por el cultivo de la papa, el café y otros bienes agrícolas. Sus padres fueron María Elena y Juan Gregorio Castillo.

-(P) ¿Cómo fue su niñez?

-(R)Yo jugaba en los palos muy altos, como los chucos, me guindaba. Jugaba con el trompo, jugábamos el sunsún. Lo hacíamos de latas de alijuerá y de madera también se hacía, eso roncaba “¡rum rum!”.

El Caimán responde con ese histrionismo que lo caracterizaba, así como una vez lo recogió el investigador Renato Agagliate, en el libro Sin decí una garra ´e mentira: cuentos orales de El Caimán de Sanare, publicado en 2008 por la Fundación Editorial El Perro y la Rana.

-(P) Y su juventud Caimán ¿Cómo fue su juventud?

-(R) Muy alegre, me gustaba mucho la música. Dejaba ´e comé por oí violín y la guitarra grande que llamaban lira. Era muy gritón y cancionero. Tambien peliaba. Cuando me veía sangre en las narices me ponía fiero, muy bravo. Era muy jartón, comía to´ lo que se atravesara. Era bandío, me gustaba echá broma por sólo vé a la gente brava. Después jue que me compuse.

El espíritu del cuento es un ángel

-(P) ¿De dónde le viene eso de contar cuentos?

-(R) Yo busqúe todos los trabajos y ninguno me resultaba porque no me daba la base, siempre quedaba debiendo. Jui escobero (hacedor de escobas). Jui comerciante, compraba huevos por to´ esos caseríos. Jui campesino y siempre cargaba una sinfonía. Echaba cuentos inventaos, tocaba la sinfonía y me daban comía por eso.

Después me metí a la playa (el mercado), ya me iban a reventá esos guacales tan pesaos. Un día me dije lo mío son los cuentos y así me maten no los dejo y así jue. Cuando uno es nacío pa´l cuento no vale ni que lo revienten. Siempre jui cuentista desde chiquito. Yo echo cuento porque esa es la escardilla de uno. Echo cuentos por un millón de cosas, porque no tenía trabajo, pero también por el bien de los demás. Eso de echá cuentos es un trabajo.

-(P) A ver… écheme un cuento, dije y lo vi clarito, parado al frente de su antigua casa, contando otra vez un pedazo del cuento que más le gustaba, El perro minero.

-(R) Cuando yo era triponcito vivía abajote en Las Rositas y la escuela que había era la de Palo Verde ¡Ah mundo, que distancia, y las canillas doliéndome de tanto ir y venir a recibir clases! Mediodía me echaba caminando y por eso, para comer, me traía mi taparita de suero y dos arepas tumbabudares. Menos mal que iba con mi compañero, un perrito que hablaba, sí, que hablaba y que me regaló mi padrino. Era chiquitico todavía pero de orejas grandes, tan grandes que, caminando, se las pisaba….

Sonrío al recordar todo aquel hermoso cuento de El perro minero. También recuerdo El Toro candelito, El burro echor, El pozo azul, El duende de la auyama y El Caballo de los siete colores, entre muchos otros cuentos de El Caimán.

-(P) ¿Que es un cuento para usted? ¿De dónde le viene eso de contar cuentos?

-(R) Yo alumbro la mente de los demás con palabras. El cuento es luz y educación. Yo soy portador de cuentos. Los cuentos no son míos, son la luz de Dios. El cuento es pa´ educá, es producción de luz.

-(P) ¿Pero cómo se le ocurrren tantos cuentos?

-(R) El espíritu del cuento le llega a uno, es una luz, es un ángel pero sabe, no llega to´ los días. El espíritu del cuento tiene una fuerza, una velocidá, uno es un instrumento del. Escucho una voz muy dulce, tiene muchos años que me habla, que trabaja conmigo, desde los siete años ya lo tenía.

El Caimán de Sanare cambió de paisaje el 27 de septiembre de 2010. Los niños y las niñas de Sanare, que lo querían mucho, dicen que El Caimán se fue al cielo a contar sus historias a las nubes. Los que quedamos en este plano de la vida lo vemos aún, por la mágica fuerza de la imaginación, subir y bajar a su casa de Sanare, lo imaginamos caminar por sus calles con el inmenso sombrero, también por las calles de otras ciudades venezolanas y del mundo donde lo invitaban a presentarse.

El Caimán de Sanare nos dejó todo un legado de cuentos, de historias mágicas y de fabulación, que permanecerá por siempre en el alma, la conciencia y en los corazones de nuestra venezolanidad.

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