La lucha de Convit contra la lepra y sus prejuicios

jacinto-1Con motivo de la lamentable partida física de Jacinto Convit, el Dr. Alexis Romero Salazar compartió con la Unidad de Investigación y Análisis del Despacho del Ministro las palabas de Convit que presentaron su tesis doctoral en 2003. Escribe el Dr. Romero: “Con gran pesar informo la desaparición física del Dr. Jacinto Convit. Quedan su ejemplo de honestidad y compromiso con los que sufren y para siempre su imagen en el recuerdo de quienes vimos de cerca el maltrato a los enfermos de lepra. Les dejo sus palabras para el libro que contiene los resultados de las investigaciones sobre el estigma en la lepra que llevaron a nuestra tesis doctoral en el Cendes (Centro de Estudios del Desarrollo de la UCV) hace más de una década”.

El espectáculo más horroroso que he presenciado en mi vida fue cuando, a finales de los años treinta, dos guardias armados tocaron a las 2 de la madrugada la puerta de la leprosería de Cabo Blanco y, con el terror de quien se ha contagiado, nos entregaron a un nuevo paciente. Fue dantesco. Vi aquel pobre hombre encadenado, humillado. Parecía una bestia. Lo primero que hice fue exigirles que le quitaran las cadenas. No querían hacerlo y, era lógico. En esa época la gente le temía a la lepra. Todavía le teme. Aquella noche entendí cuál era la mayor tragedia de los enfermos: el vejamen del que eran víctimas. Los traían a la fuerza. Nadie les preguntaba si querían o no curarse, simplemente los relegaban. Una vez desencadenado, hablé con él: aceptó quedarse en la leprosería, aunque al poco tiempo se fugó.

En 1937, en Cabo Blanco había 1.200 pacientes. No sé qué era más impresionante, si la enfermedad en sí o el rostro de dolor de aquellos seres. La lepra no tenía cura. A la gente la cazaban en la calle. Nadie se preguntaba qué pasaría con el alma de aquellas personas, con sus familias. Los recluían tan sólo por sospechar que padecían la enfermedad. Se tapaban los espejos, como si el reflejo del mal fuese a contaminar hasta las sombras. Uno se daba cuenta que uno de las grandes problemas de los afectados era la inmensa soledad a la que eran condenados. Había gente extraordinaria. Más que una medicina, a veces necesitaban una conversación. Un médico, un hombre de ciencias, no puede quedarse encerrado en cuatro paredes. Tiene que salir a la calle y ver cuáles son las necesidades de la gente. Eso hicimos. Logramos entusiasmar a jóvenes médicos venezolanos y reunir otros grupos de estudio en el extranjero. Entendimos que a los enfermos había que tratarlos en sus hogares para evitarles el sufrimiento moral de la reclusión y el aislamiento compulsivo.

A principios del año 49 se habían desarrollado en cada estado uno o dos servicios de dermatología sanitaria. Nos deslastramos del nombre de Leprosería. Logramos tener en tratamiento 14 mil enfermos. Durante décadas se trabajó mucho. Nos dedicamos a la prevención de la enfermedad. Se crearon 21 laboratorios para solucionar los problemas del país en materia de salud pública, entre ellos, el Instituto de Dermatología, actualmente Instituto de Biomedicina. Allí fue preparada la vacuna contra la lepra, que luego sirvió de base para la vacuna contra la Leishmaniasis. Para 1946 había 18 casos de lepra por cada 10 mil habitantes; en 1998 se había reducido la tasa a 0,6 casos por cada 10 mil habitantes. Sin embargo, más allá de este indicador, uno sabe que en Venezuela hay aproximadamente 9 mil enfermos y en el mundo 12 millones. Por eso hay que seguir trabajando en torno al control epidemiológico, a la investigación y a la búsqueda de alternativas en el tratamiento y la prevención; también en el desarrollo de la vacuna.

De allí la importancia de estudios como este de Romero Salazar, orientado a describir los elementos sociales y culturales de la lepra y su control. Porque el reto continúa siendo no sólo vencer al bacilo sino al prejuicio que aún persiste.

Dr. Jacinto Convit
Caracas, febrero 2003

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