El cine nacional cumple 117 años proyectándose como herramienta para la descolonización cultural

ER2_0038_FernandoBrachoBrachoLa primera vez que los venezolanos tuvieron un acercamiento con el cine fue el 28 de enero de 1897, cuando el realizador Luis Manuel Méndez estrenó por primera vez, en el teatro Baralt de Maracaibo, estado Zulia, dos cortometrajes: Muchachas bañándose en la laguna de Maracaibo y Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa, ambas exhibidas con la ayuda de un novedoso aparato llamado “Vitascopio”, el cual le permitía a los espectadores disfrutar de una secuencia de imágenes sin largos intervalos de tiempo.

Texto: AVN (Arianne Cuárez)

Años más tarde, motivado por una serie de acontecimientos políticos y sociales que Venezuela y otros países latinoamericanos debieron enfrentar tras gobiernos autoritarios y de intereses individualistas, la industria cinematográfica se inclinó hacia otras temáticas, a través de jóvenes que captaban los acontecimientos que se generaban en las calles, en los barrios, en el campo y dentro de los gobiernos, y que años más tarde llevaron todas esas vivencias a la gran pantalla, convirtiendo al cine en un arte para la protesta.

Es así como la historia cinematográfica venezolana, luego del derrocamiento del perezjimenismo en enero de 1958 cobra un nuevo impulso a través de guionistas y directores que le mostraron a los venezolanos y a los caminantes de otros países, hechos propios de nuestra historia, llena de escenarios de violencia, represión y diferencias sociales. A partir de ello, se convirtió el cine en una herramienta para la visibilización, una herramienta para la preservación de la memoria.

Bajo esta propuesta, son muchas las obras cinematográficas que destacan por estar enfocadas en escenarios políticos y sociales de gran conflicto. Algunas de ellas: Soy un delincuente (1976), cinta de Clemente de la Cerda que narra las situaciones en las que un adolescente, José Ramón Brizuela, internado en una cárcel, debe librar para mantenerse a salvo aún cuando es víctima de un Estado cuyas leyes lo condenan por su condición.

El pez que fuma (1977), del destacado cineasta venezolano Román Chalbaud, expone una crítica social recreada dentro de una casa de citas, donde el espectador se encuentra con conflictos de prostitución, abuso de poder, violencia, entre otros aspectos propios de la década. Por último, País Portátil (1979), una adaptación que los realizadores Iván Feo y Antonio Llerandi hicieron de la obra literaria de Adriano González León, y que cuenta la historia de la familia Barazarte.

Piezas cinematográficas de valor y reflexión similar continuaron apareciendo durante las décadas siguientes, aún cuando los tiempos estuvieron marcados por golpes económicos que influyeron negativamente en áreas fundamentales para la estabilidad del pueblo venezolano, tales como educación, salud, alimentación. Esto también tocó a la industria cinematográfica del país.

Sin embargo, con la llegada del comandante Hugo Chávez al poder, en diciembre de 1999, la industria cinematográfica dio inicio a un proceso de fortalecimiento que despertó otras necesidades, la más destacada: devolverle la visibilidad a nuestros líderes antepasados y rescatar nuestra identidad cultural.

Cine para la descolonización

Fernando Berroterán, director de Cultura Corazón Adentro Misión Socialista, considera que durante años la industria cinematográfica venezolana, así como otras áreas de la industria cultural en el país, se vieron afectadas ante “la avasallante propuesta hollywoodense” que siempre pretendió imponer cuáles contenidos eran necesarios proyectarse en las salas de cine comercial.

Esto, explica, predispuso al pueblo venezolano a recibir otras culturas, que con el apoyo de Gobiernos de la cuarta República, ayudaron a ocultar nuestro origen.

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“Bien lo decía el libertador Simón Bolívar, ‘nos han dominado más por nuestra ignorancia que por la fuerza’, es decir, en la medida que nos van borrando la memoria, que nos van haciendo cada vez más dependientes a modelos que no pertenecen a los nuestros, en esa misma medida es más fácil dominarnos”, expuso el coordinador de la misión cultural, en entrevista con la Agencia Venezolana de Noticias.

Berroterán aclara que la llegada de la Revolución Bolivariana, incentivó un proceso de descolonización a través de realizadores del cine nacional ansiosos de visibilizar a los líderes independentistas del pasado, algunos de ellos bajo la etiqueta del anonimato, como una estrategia para rescatar nuestros orígenes y luchar contra la desculturización.

Con base a estas nuevas visiones, se filmó en 2010 la cinta Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador, la cual recaudó un total de 507 millones de bolívares tras su exposición en las salas de cine comercial, y en 2008, fue Chalbaud quien contó la historia del destaco líder independentista, Ezequiel Zamora, la que se retrató en la cinta Zamora, tierra y hombres libres (2008), con la colaboración de la Fundación Villa del Cine.

Bajo ese ánimo de recordar de dónde provienen los venezolanos y recrear historias a través de los recuerdos de la gente, los realizadores Simón Toro, Octavio Rodríguez y Héctor Márquez, estrenaron en noviembre de 2013 el documental Corazón de Caracas, el cual, a través de la visión de urbanistas, arquitectos, y cultores de la ciudad, comparaban a la Caracas de los techos rojos con una ciudad recuperada en la actualidad por el Gobierno Nacional.

Sobre su realización, Simón Toro, uno de sus creadores, explica: “Fue un trabajo muy intenso de casi dos años. (…) A través de una revisión histórica se habla a nivel general de la ciudad y los cambios que ha atravesado en los últimos años. Aunque físicamente no se recorre toda la urbe, las imágenes aéreas que logramos hacer desde un helicóptero y desde una serie de terrazas muy altas, muestran la totalidad de la capital”.

El cineasta resaltó que durante la filmación de este documental, se demostró que los caraqueños se relacionan con la ciudad de acuerdo con los momentos que viven con ella, con cada uno de los espacios, y que estos recuerdos perduran en la emoción de los ciudadanos, aún cuando los lugares se modifiquen, adquieran otros nombres, otros roles.

Cine histórico en Revolución

En la actualidad, uno de los mayores exponentes del cine histórico en el país, es el venezolano Luis Alberto Lamata, cuya actividad en el cine venezolano se dio por casualidad al colaborar como guionista en distintos largometrajes, tras obtener el título de historiador en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

El primer largometraje que el realizador venezolano exhibiera en el país fue Jericó (1991), para luego dar lugar a cintas tales como Miranda regresa (2007); Taita Boves (2010), cinta que retrata la vida de José Tomás Boves, Bolívar, el hombre de las dificultades (2013) y en el mismo año también presentó al país la historia de una joven de raza negra, víctima del proceso hostil de la esclavitud que tiñó de sangre las tierras de nuestro país por más de 300 años, con la cinta Azú, alma de princesa (2013).

Durante una entrevista concedida a un canal de televisión, Lamata se refirió a la realización de la película Bolívar, el hombre de las dificultades, y puntualizó que el libertador de la Patria “es un personaje fascinante”, pues fascinante resulta el proceso de descubrimiento de sus pensamientos, sus ideales, sus virtudes, y también, sus angustias, momentos de ira y de derrota.

El Bolívar encarnado por el actor venezolano Roque Valero, “es un Bolívar muy lejos del bronce y eso lo hace más humano. No tiene aliados, no tiene ni siquiera con qué comer, y todo eso es histórico. Él que fue considerado el hombre más rico de América, pero que aún así lo ha perdido todo, es capaz de creer en él, de reconocer que cometió errores graves y de levantarse”, expresó el cineasta.

En agosto de 2013, posterior a su estreno, Lamata denunció que en las salas de cine comercial del país, específicamente aquellas suscritas a la empresa exhibidora Cinex, se estaba cometiendo un tipo de censura con la película, pues los afiches de promoción no estaban colgados y no se estaba destinando el espacio justo para su exhibición.

“Yo creo que el cine venezolano ya se puso los pantalones largos y merece un trato mucho mejor (…). En salas de cine no estaba colgado el afiche, algunas salas no tenían aire acondicionado, el horario de la película que aparecía en el periódico no coincidía con el del cine y las entradas no podían comprarse por la página web”, denunció el cineasta en esa ocasión.

A través de esta denuncia, el Gobierno Nacional exigió a la empresa Cinex promover la difusión de la cinta venezolana, y prohibió que otras conductas similares se emprendieran en las salas de cine comercial en el país. Además, promovió la exhibición de Bolívar en la salas cinemateca a nivel nacional.

Cuando se refiere a la realización de la película Azú, Lamata no deja de insistir en la necesidad que tienen todos los venezolanos de indagar en la historia, en el pasado, conocerlo y con base a ello vivir en el presente y avanzar hacia el futuro.

“Lo fundamental es que los venezolanos queremos vernos en pantalla, y queremos vernos desde distintos ángulos (…) A veces los venezolanos no vemos por el retrovisor, y es necesario mirar al pasado, pero no como una mirada ociosa, porque ver hacia el pasado mismo no tendría ningún sentido. Si nosotros queremos un país capaz de superar lo que han sido las distintas tragedias del pueblo venezolano, pues tenemos que conocer las tragedias y las alegrías del pasado”, señaló.

 

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